Se reúne esta semana en Manizales un congreso extraordinario del gremio cafetero para señalar las estrategias que habrá de seguir durante los próximos años. Y para inaugurar la ampliación de la planta de café liofilizado en Chinchina, uno de los proyectos más importantes que se han emprendido en el país para incorporar mayor valor agregado a las exportaciones del grano.
El congreso delibera en medio de sentimientos encontrados. De una parte, las cotizaciones internacionales han reaccionado positivamente en los últimos días como consecuencia de dos fenómenos: la cosecha brasileña no se avizora de un tamaño monstruoso como para desestabilizar los equilibrios del mercado mundial, y el consumo en los países industrializados sigue aumentando a tasas satisfactorias.
Pero de otra parte, los aumentos de costos y la revaluación del peso siguen causándoles tremendos dolores de cabeza a los productores. Por tercer año consecutivo el país afronta en éste 2008 fuerzas revaluacionistas de gravedad inocultable para la caficultora. La industria cafetera es una actividad que importa poco y exporta casi todo lo que produce. No puede hacer como otras actividades que lo que pierden exportando con un dólar barato lo compensan importado materias primas y equipos a precios de ganga.
Pero adicionalmente a la peste de la revaluación (la tercera después de la broca y de la roya), la caficultura colombiana -lo mismo que otros sectores agrícolas- está afrontando alzas inmisericordes en el precio de los fertilizantes que ha aumentado en cerca del 50 por ciento durante el último semestre. Incremento generado por problemas internacionales asociados al alza del petróleo y de sus derivados, y a que la China y la India se han convertido en dos inmensas aspiradoras que están absorbiendo buena parte de las disponibilidades mundiales de abonos y de alimentos.
La coyuntura cafetera que se analizará conjuntamente con el Gobierno Nacional en el congreso extraordinario de Manizales es, pues, agridulce.
Los precios externos e internos están saliendo de la franja calamitosa en que estuvieron a comienzos de la década, cuando la caficultora prácticamente estuvo trabajando a pérdida y se registraron los más bajos precios reales del último siglo. Pero no poco del desahogo que se ha alcanzado se lo ha devorado la revaluación y el aumento no menos agobiantes de los costos de producción.
El país cafetero ha venido haciendo un esfuerzo gigantesco para mantener la producción en buena forma, a pesar de los azarosos años por los que ha transitado últimamente. El año pasado la producción cerró en 12,6 millones de sacos y los programas de renovación (indispensables para mantener joven el parque cafetero colombiano) se prosiguen con decisión.
Algunas noticias dan cuenta de que con los precios internacionales que se han registrado en los últimos días, el país estaría entrando en una "nueva bonanza" cafetera. Sería exagerado denominar así lo que viene aconteciendo. Es apenas un mínimo respiro después de varios años de ahogo, en los que gracias a la determinación de los cafeteros del país, se logró apenas sobreaguar dentro de una gran precariedad.
Ahora es el momento para proseguir con la renovación audaz de los cafetales, y para continuar mejorando la productividad y el bienestar de las gentes de las zonas cafeteras: no el de tirar la casa por la ventana.
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