Suponga que usted está al mando de un barco que avanza a buen ritmo por el Océano Antártico. De repente las aguas se ponen turbulentas y el barco entra en un banco de niebla. Desde el puerto advierten que en la zona hay icebergs, pero no se conoce su localización ni su tamaño. ¿Qué hace usted?
Si no sabe qué hacer, no se preocupe: no está solo. En una situación similar se encuentran nuestras autoridades económicas. El barco de la economía colombiana venía avanzando al ritmo más acelerado de los últimos 30 años en las aguas calmas de una expansión internacional, una inversión disparada y una inflación descendente. De repente la mar se ha agitado: la probabilidad de una recesión en E.U. es cada vez mayor, la inflación empieza a acelerarse y crece el riesgo de una perturbación del comercio con Venezuela.
Para complicar más las cosas, este barco no tiene una tripulación, sino dos. La primera es proclive a acelerar, porque sabe que los pasajeros se entusiasman con la velocidad y quiere que vuelvan a viajar con ellos muchas veces. Es la tripulación que maneja la política fiscal. La segunda está a cargo de la política monetaria y procura evitar que el barco avance demasiado rápido, porque de repente puede aparecer el iceberg fatal de una inflación descontrolada. Los pasajeros rechiflan, mientras cantan la canción que aprendieron en el colegio: "chofer, chofer, más velocidad...".
Intempestivamente el barco entra en un banco de niebla y nadie sabe muy bien qué está pasando. "¿Hay recesión en E.U.?", pregunta el capitán de la primera tripulación. No se sabe... Lo único claro es que la economía estadounidense solo creció a una tasa anual de 0,6 por ciento en el último trimestre del 2007, una monumental caída frente al 4,9 del trimestre anterior. También se sabe que la Reserva Federal ha reducido sus tasas en 1,25 puntos en solo nueve días para reanimar la demanda y que el Congreso estudia un paquete de estímulos de unos 150 mil millones de dólares. El capitán de esta tripulación está a punto de acelerar los motores, pero algún subalterno le recuerda que no tienen mucho margen de maniobra: por acelerar en exceso en el pasado, el barco tiene un desequilibrio fiscal y un déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, condiciones que lo hacen vulnerable al iceberg de una salida de capitales que aparecería si se diera la recesión en E.U. y una crisis financiera internacional.
La otra tripulación recibe noticias de que el iceberg de la aceleración de la inflación puede estar cerca: los precios del petróleo y los alimentos están disparados, el crédito sigue creciendo a un ritmo acelerado y la inflación del 2007 desbordó las metas en más de un punto. Aunque los pasajeros les gritan que bajen las tasas de interés y hasta les tiran tomates, lo que aumenta aún más el precio de los alimentos, los miembros de esta tripulación se mantienen firmes.
El banco de niebla es cosa seria: no se sabe si habrá recesión en E.U., ni qué tan grave podría ser; tampoco se sabe si las pérdidas de los bancos internacionales por la crisis hipotecaria pueden ser tan significativas como para generar una crisis de liquidez global; menos aún se sabe si el capitán del barco del país vecino tratará de hacernos encallar en los glaciares. Ante este incierto panorama, las dos tripulaciones deberían quedarse quietas unas cuantas semanas, mientras pasa el banco de niebla y las cosas se ven más claras... ¿O acaso alguien tiene una bola de cristal?
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