Los directores del Banco de la República se deben estar sintiendo como el protagonista de Atrapado sin salida, la clásica película de Milos Forman, en la que Jack Nicholson hizo una de sus más magistrales actuaciones que le dio su primer Óscar. Como en la película, no logran salir del atolladero en que se encuentran por más esfuerzos e intentos que hagan.
Su problema es muy real y complejo. De una parte, constatan que la inflación se ha acelerado y, lo que es peor, que las expectativas de los agentes del mercado apuntan a que no se reduzca, por lo que es posible que incumplan su propias metas por segundo año consecutivo. Pero de otra parte, deben ser conscientes de que el control de la inflación no es el único mandato constitucional del Banco, sino que también deben preocuparse por el crecimiento y el empleo, además de que han recibido toda clase de presiones del Gobierno y de los gremios para que afloje su política contraccionista.
En la decisión que tomó la junta el viernes pasado primó la preocupación por la subida de los precios y por lo tanto aumentaron sus tasas de interés de intervención a 9,75 por ciento; con esta ya son quince las ocasiones sucesivas en que han subido las tasas desde abril del 2006, cuando cambiaron el rumbo de la política monetaria para frenar el acelerado crecimiento del crédito bancario y evitar así el recalentamiento de la economía.
Un aumento de 0,25 por ciento en las tasas del Banco de la República es pequeño y no va a tener mucho impacto sobre los intereses que cobran los bancos, en particular en los créditos de consumo, porque ya están cerca del tope de usura. Sin embargo, el mensaje es contundente: al Banco le preocupa más el riesgo de perder credibilidad porque la inflación esté un poco por encima de su meta (tal vez un 1 por ciento) que el peligro de una desaceleración de la economía, y no le preocupa la revaluación del peso porque un dólar barato le ayuda a frenar la inflación.
La junta del Banco parece atrapada sin salida, porque su diagnóstico de la situación económica es correcto, pero las medidas tomadas tienen efectos negativos. En efecto, es cierto que persisten presiones inflacionarias diferentes al comportamiento de los alimentos, por ejemplo que los créditos bancarios siguen creciendo por encima del 20 por ciento y el crédito de consumo más del 30 por ciento, pero también es cierto que las mayores tasas atraerán más capitales golondrina, inclusive burlando los controles que se han impuesto, lo que agudizará la revaluación del peso con sus funestos efectos sobre todos los productores nacionales, no solo los exportadores, sino los que compiten con los bienes importados. Pero sí hay una salida. El origen del problema es un conocido error de las políticas económicas que es tratar de usar un solo instrumento (en este caso la tasa de interés) cuando se tienen dos objetivos distintos: el control de la inflación y la competitividad de la tasa de cambio. La solución lógica es usar otro instrumento adicional.
Ese instrumento no debe ser los subsidios tributarios que está usando el Gobierno para compensar por los efectos de la revaluación a unos pocos sectores privilegiados. Me refiero a los Cert o los créditos subsidiados para algunos exportadores o a la subida de aranceles para ciertos productos, que son medidas parciales, discriminatorias y con un costo fiscal que agudiza los problemas.
Para controlar las presiones de demanda, alimentadas por el rápido crecimiento del crédito bancario, existe un instrumento más efectivo que las tasas de interés y que además no produce daños colaterales en la tasa de cambio. Es el aumento de los encajes bancarios, es decir, del porcentaje de depósitos que deben congelar los bancos comerciales. Las autoridades chinas lo han utilizado con éxito para controlar la liquidez de su economía sin presionar la revaluación del yuan. El Banco de la República también lo utilizó el año pasado, y no hay razón para que no lo vuelva a usar y encontrar la salida a su dilema.
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