Corrieron arroyos, ríos, océanos de tinta, aparte de horas y horas en la pantalla chica. No era para menos. La indignación de Correa y de sainete de Chávez, ambos con la conciencia intranquila, y las gambetas de Uribe, invocando legítima defensa y presentado excusas, suministraron abundante material para comentarios sesudos y guión de telenovela. Por el momento, Colombia no ha salido mal librada: sin hallarse peor de lo que estaba con respecto a sus hipócritas vecinos, 'Raúl Reyes' está muerto. Se ganó terreno contra un enemigo pertinaz.
La Organización de Estados Americanos (OEA) tomó atenta nota de la violación de la frontera ecuatoriana y de la movilización militar de Venezuela por comando televisivo. En su seno, el embajador de Colombia leyó con elocuencia y energía el discurso preparado en el Palacio de Nariño y la Cancillería. Unos días más tarde, la Organización en pleno acogió unánimemente los abrazos y las pautas acordadas por los Jefes de Estado en la reunión del Grupo de Río (al que no pertenecen ni Estados Unidos ni Canadá). En el papel salieron incólumes la inviolabilidad de las fronteras y el principio de no intervención. A la legítima defensa se le echó tierra hasta próxima ocasión. Hubo rechazo, no condena, del bombardeo colombiano. Era iluso esperar más. Es afortunado que la OEA no tenga que pronunciarse sobre las bombas turcas hacia los rebeldes kurdistanos dentro del territorio iraquí.
La diplomacia cumplió con discreción y eficacia. Empero, para los que no se han dado cuenta, Álvaro Uribe es el jefe del Estado, el jefe de las Fuerzas Armadas y el jefe de la diplomacia. No son cargos nominales: el señor Presidente ejerce, (Lástima que no sea también el jefe de las obras públicas). Defiende y vende al país con una admirable pasión que le reconocen sus más acérrimos adversarios. Eficiente circunspección era, por lo tanto, exactamente lo recetado para el titular de la Cartera de Relaciones Exteriores en el curso de las ardorosas jornadas recientes. Fernando Araújo se desempeñó a cabalidad.
Los dueños tradicionales de la Cancillería, sin embargo, no descansan. Por cuenta de la mesura del Ministro señalan que las Farc gozan de simpatías populares en medio mundo y la aprovechan para reclutar carne de cañón. Los críticos pasan por alto que, antes y después de la caída del Muro de Berlín, con el 'Ché' como portaestandarte del romanticismo revolucionario, la distorsionada imagen de Colombia ha sido una desventaja que ha agobiado a sucesivos gobiernos, sin que ni las torturas a Íngrid, ni los Enmanueles, ni el flagrante narcotráfico hayan conseguido neutralizarla.
Por otra parte, los que consideran tener escriturado el Ministerio de Relaciones Exteriores se rasgan las vestiduras, porque el presidente de turno, como sus predecesores, ha utilizado la Cancillería como refugio burocrático para amigos personales y conveniencias políticas ¡Vaya revelación! No será que detrás de pretextos y consejas palaciegas está un soterrado temor al buen recibo de que goza Araújo, o que les da mucha brega aceptar un costeño al frente de la diplomacia (el anterior parece haber sido Evaristo Sourdís, un gran colombiano, hace más de cincuenta años).
A don Sancho Jimeno, lo de la búsqueda de canciller le huele a resquemor de dueños del Palacio de San Carlos que se consideran inamovibles. El castellano del fuerte de San Luis de Bocachica y defensor de Cartagena contra los piratas en 1697, se regocija que la Provincia sea independiente de Santa Fe de Bogotá en materia militar. La altanería de los oidores en el altiplano es en ocasiones insufrible.
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