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Miercoles 15 de Febrero de 2012

A barajar y repartir de nuevo

Cuando por obra de las modificaciones de las normas o de los códigos los abogados tienen que sentarse a estudiarlas de manera intensa y rigurosa, con cierta gracia se dice que les derogaron los acontecimientos. Pero para fortuna de ellos, los textos nuevos deben enmarcarse dentro de los parámetros de la teoría y de la llamada hermenéutica jurídica.

En el caso de los economistas la cuestión es a otro precio, pues no son frecuentes las modificaciones que sufren las teorías que gobiernan la especialidad. Las escuelas del pensamiento económico se mantienen por años y, en consecuencia, no hay muchas dificultades para desarrollar las tareas. Aunque para mantenerse al día resulte preciso estudiar de manera permanente los temas, eso no implica que la teoría cambie con mucha frecuencia. El hecho cierto es que, en comparación con los abogados, a los economistas no nos derogan los conocimientos a cada rato.

Esta era al menos la situación, hasta cuando irrumpieron en el panorama los nuevos actores y las nuevas circunstancias del proceso económico contemporáneo. La elevación espectacular de los precios de los combustibles -en especial los del petróleo-; la menor disponibilidad de alimentos y el ajuste ascendente de las cotizaciones de los llamados productos básicos; la crisis generada por las innovaciones financieras en el mercado del país, cuya moneda servía como principal activo de reserva; la alteración del papel del Banco Central de ese país, convertido de la noche a la mañana en salvador de instituciones financieras en problemas; la pérdida de efectividad de la política monetaria y la mermada capacidad de estas instituciones para enfrentar los problemas, se modificó. El esquema convencional se alteró sustan- cialmente y ya, la conocida ecuación MV=PT del economista americano Irving Fisher, no explica bien los cambios en los determinantes de la inflación.

Antes se decía que el aumento del dinero daba lugar a un correlativo aumento de gastos y, por consiguiente, a un incremento proporcional del nivel general de los precios, dado un cierto volumen de cambios, y todos entendíamos que para controlar la inflación era preciso disminuir la oferta monetaria utilizando instrumentos como tasas de interés, encajes, operaciones de mercado abierto, cupos de crédito, en fin, el arsenal con que contaba la autoridad monetaria.

A juzgar por lo que está ocurriendo en los mercados y la drástica reducción de la capacidad de intervención atribuible a la globalización de las economías, las cosas son ahora a otro precio. No basta con variar la tasa de interés para controlar el fenómeno inflacionario; entre otras razones, porque no se puede hacer descansar en una sola variable la totalidad de la responsabilidad de la acción. La política monetaria tiene sus límites y por eso se debe evitar la sobreactuación.

Para trancar la inconveniente subida de los precios, es necesario poner en juego la política fiscal, los factores de control y de supervisión, la política de crédito y los elementos que tengan que ver con el sector real. Es por eso, por lo que compartimos la preocupación expresada por el director de la junta del Banco de la República, Carlos G. Cano, acerca del fenómeno en marcha.

Subiendo más la tasa de interés no se va a resolver el complicado problema cambiario ni el incremento inusitado de los costos de los alimentos, causado por la mayor demanda de China e India y la producción de biocombustibles; tampoco el excepcional aumento del precio del petróleo o las dificultades surgidas a propósito de la crisis del dólar, no tanto por obra de los malos manejos de las entidades involucradas, como por pérdida de competitividad de la moneda en los principales mercados.

El cambio de las reglas del juego obliga a barajar y a repartir de nuevo, pues nada sacamos insistiendo con las mismas cartas.

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
16 de abril de 2008
Autor
Gabriel Rosas Vega - Ex ministro de Agricultura

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