Uno de los temas de mayor preocupación en Colombia es la tasa de cambio. La cotización se ha colocado por debajo de los 1.800 pesos por dólar y el fenómeno de revaluación parece no detenerse, no obstante que el país registra un déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos cercano al 4 por ciento del Producto Interno Bruto.
La revaluación en Colombia ha sido la más acentuada entre los países emergentes. Esta situación lleva a reflexionar sobre los motivos que están detrás de la apreciación, el manejo que le ha dado al tema el Banco de la República como autoridad cambiaria y las bondades del Régimen Cambiario vigente frente a sus alternativas.
La apreciación reciente en Colombia tiene dos componentes. De un lado, está motivada por el éxito que el país ha registrado en el frente de la seguridad nacional y la confianza que esto ha traído entre los inversionistas colombianos y extranjeros.
En un estudio reciente del Fondo Monetario Internacional se calcula que la tasa de cambio en Colombia para fines del año anterior estaba muy cerca de su equilibrio de largo plazo y se argumenta que se deberían esperar flujos continuados de inversión extranjera directa que presionan la tasa de cambio hacia la apreciación.
El segundo factor que ha causado la revaluación es el propio ajuste del dólar frente a otras monedas. Esta ha provocado la revaluación de todas las monedas, tanto de países desarrollados como emergentes, frente al dólar de los Estados Unidos. Es un ajuste, de los fundamentales, de la cuenta corriente de la economía norteamericana que se esperaba desde hace varios años.
Dichas circunstancias han enfocado la atención y, en algunos casos la crítica, sobre la junta directiva del Banco de la República como autoridad monetaria, cambiaria y crediticia. La realidad es que la junta ha hecho cuanto está a su alcance para prevenir la revaluación, mediante la intervención en el mercado cambiario y la acumulación de reservas internacionales.
Lo que se debe destacar es que las intervenciones deben ser esterilizadas; es decir, que no pueden desembocar en una expansión monetaria que promueva o estimule la inflación interna, pues poco ganarían los propios exportadores si los beneficios que se obtendrían por una mayor devaluación nominal se viesen anulados por la vía de mayores salarios y costos de producción. Al Banco también se le critica su manejo de las tasas de interés por estimular la entrada de capitales, pero debe advertirse que su manejo debe tener como criterio fundamental el control de la inflación.
Esto lleva a reflexionar sobre la conveniencia de mantener el actual régimen de cambio flexible, que se estableció con éxito a fines de 1999, y funcionó adecuadamente hasta hace pocos meses. La experiencia internacional indica que no hay uno mejor. No es el caso de volver al sistema anterior a 1967, cuando se dejaba anclada la tasa de cambio nominal hasta que la amenaza de una crisis cambiaria hacía imperativo adelantar devaluaciones masivas. Tampoco parece conveniente adoptar el sistema de mini-devaluaciones que rigió entre 1967-1989, ni establecer tasas múltiples de cambio.
A mi juicio no resulta adecuado que las circunstancias actuales nos lleven a dolarizar la economía y perder la autonomía monetaria y cambiaria, sometiéndonos a los ciclos de la economía de Estados Unidos. Aceptemos que estamos en problemas pasajeros, pero que disponemos de un régimen cambiario que resulta ser el más adecuado en el mediano plazo.
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