Quienes nos casamos en Colombia lo hacemos, porque deseamos una larga de vida para todos y para nuestra descendencia.
Y esa vida debe desarrollarse en un ambiente no solo lleno de amor, sino en un entorno ambiental pleno de aire puro, de agua y de alimentos. En el mundo entero también se casan por amor y también desean una vida en armonía con los recursos naturales. El asunto es que el tema forestal tiene en cada país, sus propias situaciones y condiciones.
Permítanme contarles que la tasa de deforestación en el mundo es de 13 millones de hectáreas por año, lo que equivale a 36 canchas de fútbol cada minuto, y que 1.600 millones de personas en el mundo dependen de los bosques para ganarse la vida.
Así mismo la desaparición de los bosques implica pérdida de bienes y de los principales servicios ecológicos con que cuenta la humanidad: biodiversidad, alimentos, medicinas, protección de cuencas, subsistemas y alivio de los rigores del clima y los desastres.
La razón por la cual relaciono el amor cuando se convierte en un modo ineludible de vida a través del matrimonio y la importancia de los árboles, es porque en el Brasil se tramita una ley inédita en la Cámara de Diputados, donde si se aprueba, los brasileños tendrán que plantar 10 árboles para casarse y 25 cuando se divorcian.
La ley contempla además, la siembra de árboles cuando se compran carros o se construyen viviendas, solo que para este escrito de carácter nacional, quiero relacionar el tema forestal con actos que impliquen amor.
Cuando conocí la noticia de la ley que se tramitaba en el Brasil, la trasladé mentalmente a Colombia, con el reconocimiento al diputado Manato del Partido Democrático Laborista, ponente de la ley.
Lo hice, porque en el país no se tiene una cultura forestal que permita a toda la sociedad colombiana comprender el valor que representan los bosques y, porque los esfuerzos gubernamentales deben ser compartidos por una labor ciudadana, como la siembra de los árboles, que involucre educativamente a los futuros hijos.
La medida además, no es costosa, como para decir que la pareja de apellidos xy, no contrajo matrimonio, porque no sembraron 10 ó 25 árboles. "El costo económico de plantar un árbol es irrisorio para el ciudadano, mientras que los beneficios para el medio ambiente serán enormes", ha dicho Manato.
Nuestra comunidad Arhuaco tiene relación con el tema. En esa comunidad cuando nace un niño, la placenta, ese órgano intermediario en la gestación entre la madre y el feto, es enterrado junto a un árbol cuando el bebé nace, para que él o ella, en su vida adopten ese árbol como un hermano que da vida.
Es decir, la propuesta es sembrar árboles cuando la pareja se casa y cuando nacen los hijos. "El que ama, no contamina el ambiente", es una frase que cae como anillo al dedo para esta inquietud, porque quien ama a su esposa o esposo o a sus hijos, no contamina ni las relaciones, ni el ambiente que lo rodea.
No creo mucho en la siembra de árboles cuando existe el divorcio. La relación entre los separados no tiene el grado de amistad y solidaridad que cuando contrajeron matrimonio, y la siembra de un árbol debe tener un recuerdo grato que signifique nacimiento, desarrollo y frutos.
Pero, si la ley existiera en Colombia la contribución al desarrollo forestal y a la vida en nuestro país, sería incuestionable. En el año 2005, 19 millones de colombianos vivían en pareja y cerca de 10 millones estaban casados.
Es decir, que si la ley existiera y el requisito fuera de 10 árboles por pareja, 5 millones de ellas hubieran sembrado 50 millones de árboles, es decir, el equivalente a 50 mil hectáreas de bosques. La cuenta la hago con 1.000 árboles promedio por hectárea.
Con el número de hijos las cuentas también son valiosas. La reforestación anual en Colombia es de cerca de 30.000 hectáreas. En el año 2006, en Colombia, hubo cerca de 900.000 nacimientos y si continuamos con los mismos 10 arbolitos la contribución anual a la reforestación colombiana sería de 9.000 hectáreas, con un componente educativo frente a nuestros recursos naturales de invaluable utilidad.
Colombia cuenta con 64 millones de hectáreas en bosques naturales, de 114 de extensión continental. En el Plan Nacional de Desarrollo Forestal, la tasa de deforestación que allí se señala oscila entre 200.000 y 600.000 hectáreas por año, cifra imprecisa, pero que invita al aporte de todos.
Por supuesto, quedan muchos detalles en la propuesta. Se podría pagar por la siembra de los árboles, se acompañaría con incentivos, la propuesta tendría su componente educativo, el Estado delimitaría zonas para su recuperación, prioritariamente se protegerían las cabeceras de las microcuencas y muchos aspectos más.
Lo que en esencia busca esta inquietud es lo que expresó el doctor Djoghlaf, secretario ejecutivo del Convenio sobre Diversidad Biológica reunido recientemente en Alemania: "Por el bien de la naturaleza y de los seres humanos, necesitamos revertir la tendencia de pérdida de bosques y detener la subsiguiente erosión de la biodiversidad en el mundo".
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