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Martes 14 de Febrero de 2012

Me encomiendo a todos los Santos

Uno de los más complejos dilemas de un columnista es encontrar propuestas frente a los problemas que cotidianamente analiza. Por ejemplo, en el ejercicio de las políticas públicas y concretamente en la económica, es relativamente fácil desde la palestra proponer alternativas y pontificar sobre lo que se debería haber hecho. Más tarde, y especialmente en tiempos de dificultades, es aún mejor cuando uno puede llenarse la boca y manifestar: se los dije, era obvio que eso iba a ocurrir.

Efectuar predicciones con exactitud es bastante difícil. Cualquier ejercicio matemático o econométrico sobre el futuro se basa en supuestos que pueden ser o no ciertos. Por ejemplo, podemos calcular, prácticamente sin error, que abriremos sin dificultad una lata de sardinas si tenemos un abrelatas, si no, estamos por lo menos en un dilema.

Cuando se conoció de la crisis del mercado de los 'subprime' en los Estados Unidos, los que formábamos parte de ese mundo privilegiado de la Academia sabíamos que esto iba a ocurrir.

Bernanke, entre otros, antes profesor y ahora administrador de la crisis en ese país, lo había anunciado: las medidas expansionistas, monetarias y crediticias, de su antecesor, hacia rato habían llegado al límite.

En Colombia, los economistas del establecimiento salieron rápidamente a pronosticar un aterrizaje suave de la economía. Los que antes, para justificar la negociación del TLC, decían que nuestra dependencia del mercado norteamericano era casi total, menospreciaban los efectos de la crisis: estábamos blindados a prueba de balas. Desafortunadamente, no ha sido así, y poco a poco nos enteramos de nuestra vulnerabilidad.

El retiro de Venezuela de la CAN fue minimizado también en su momento. No pasaba nada. La desconfianza entre los dos gobiernos se disparó con la captura de un señor 'Granda' y desde entonces la inestabilidad en las relaciones políticas y comerciales es la norma. Lo cierto es que si a Venezuela le va mal, a Colombia peor. Ahora, descubrieron que es notable nuestra dependencia fronteriza y comercial.

También era previsible que, ante lo limitado de los recursos, el crecimiento de la participación en el PIB de los gastos y costos de la guerra pasaría la factura y afectaría otros rubros.

Desafortunadamente, se paga con la disminución en aspectos esenciales para el bienestar de las clases medias y bajas y se dejan estáticos los subsidios al capital. No todos ponen y la pirinola siempre cae en la misma cara y pierden los mismos.

Los economistas sabemos que ante la crisis hay que disminuir el gasto. ¿Habrá que pedirles sacrificios a los ricos y eliminar prebendas? De otra parte, lo cierto es que las Farc han sido derrotadas militarmente. A los vencedores y a los vencidos les queda el altruismo. La oportunidad de disminuir el gasto militar por lo menos en tres puntos del PIB es objetiva. ¿Quién será capaz de 'birlarle' el botín de guerra a nuestros legionarios triunfantes, en la plenitud de su gloria y al mismo tiempo tocar a los más ricos? Ya sé, ¡eureka!: la política, ojalá iluminada por todos los Santos.

rquinteroa@unal.edu.co

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
6 de agosto de 2008
Autor
Germán Umaña Mendoza Profesor Universidad Nacional

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