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Lunes 13 de Febrero de 2012

Sólo con avances científicos se podrá conjurar el alza en alimentos, coinciden Banco Mundial y expertos

Para él, la innovación tecnológica podría ser la solución para sobreponerse a la creciente escasez de insumos básicos como la tierra, el agua y la energía. Pero todo dependerá de la reversión de la tendencia a reducir los fondos para investigación.

Crisis duradera

"Este aumento de precios y la aparente escasez de alimentos están acá para quedarse", opina Falcon.

Y en eso coincide el Banco Mundial. En un mensaje enviado el mes pasado a los líderes de los ocho países más industrializados y a los principales productores de petróleo, el presidente del Banco Mundial, Robert B. Zoellick, advirtió que el mundo está entrando a "una zona de peligro" por el alza del precio de los alimentos. A no ser que actúen de inmediato, les dijo, los avances contra la pobreza logrados en este siglo podrían revertirse.

Según el Departamento de Agricultura estadounidense, el número de personas con hambre en el planeta pasó de 860 millones en el 2006 a 982 millones en el 2007, el aumento más dramático en 16 años.

El continuo crecimiento de la población, acompañado de los efectos del cambio climático, sugiere que la actual crisis de alimentos es la antesala de lo que vendrá si no se actúa.

La innovación cayó víctima de su propio invento: gracias a la efectividad de los avances agrícolas del siglo XX, el mundo pareció llegar a la conclusión de que no habría más crisis de alimentos.

Paralelamente, muchos países empezaron a invertir fortunas en subsidios para proteger a sus agricultores de la competencia. Esos gastos públicos en bienes privados implican reducir el gasto en bienes públicos, como la investigación, con comprobado detrimento del desarrollo, explica Ramón López, de la Universidad de Maryland.

La 'Revolución verde', una experiencia que se puede repetir

El mundo pasó por una prueba similar a la actual en los 70. En ese momento, gracias a históricos avances tecnológicos, decenas de países lograron garantizar el pan de cada día para su población.

Especies de trigo de mayor rendimiento y resistentes a enfermedades, combinadas con nuevas técnicas de cultivo, fueron la base de la llamada Revolución Verde, que el Banco Mundial cataloga como "una de las más exitosas experiencias de desarrollo".

Las raíces de ese revolcón germinaron en el estado mexicano de Sonora en los 40, cuando el estadounidense Norman E. Borlaug (ganador del Nobel de la Paz por su labor) dirigió un programa de investigación sobre el trigo, financiado por la Fundación Rockefeller.

Gracias a una especie genéticamente mejorada, conocida como trigo semienano, México pasó de producir 250.000 toneladas del grano en 1945 a hacerse autosuficiente una década después.

Con la transferencia de la especie a Pakistán e India, ambas naciones también se hicieron autosuficientes. Cabe recordar que la competencia con trigo subsidiado de países desarrollados indujo luego a México a importar trigo.

De acuerdo con el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (Ifpri), la Revolución Verde duplicó el rendimiento agrícola en el sur de Asia.

Baja la guardia

Con el tiempo, las nuevas técnicas se incorporaron al maíz y al arroz. El Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (Cimmyt), que nació de la cooperación de Borlaug con el Gobierno mexicano, llegó a tener una red en cerca de 100 países.

A partir de los 90, una vez superada la crisis en Asia, la inversión en investigación se redujo. Los avances llevaron a la falsa conclusión de que el mundo tenía alimentos suficientes y que ahora necesitaba invertir en diversificación y canales de distribución.

"La Revolución Verde produjo un efecto dramático en los precios de los alimentos (a la baja). Los gobernantes dieron por sentado que siempre habría mejoras y se dejó de invertir", recuerda Rodomiro Ortiz, del Cimmyt.

El Ifpri calcula que la inversión pública en investigación agrícola en los países industrializados se redujo 0,6 por ciento anual entre 1991 y el 2000, frente a un aumento del 2,3 por ciento anual en los 80.

En América Latina, el aumento promedio en los 90 fue de casi 2 por ciento anual, más robusto que en los 80 pero muy inferior al casi 10 por ciento anual de los 70. Además, gran parte de la inversión se debe a Brasil, que destina cerca de mil millones de dólares por año a la innovación agrícola, más del 40 por ciento del total de la región. Embrapa es uno de los institutos nacionales de investigación agrícola más grandes, con un presupuesto de 600 millones de dólares, que explica el liderazgo brasileño en producción de alimentos.

Sin la reducción de la inversión, nuevos descubrimientos habrían podido reducir el impacto de la crisis actual. El desarrollo de especies que usen menos agua, por citar solo un ejemplo, "avanza de acuerdo con los recursos disponibles", concluye Ortiz, del Cimmyt.

Un par de anuncios esperanzadores

El Presidente del Banco Mundial anunció en abril el incremento de los préstamos para agricultura en África subsahariana con el propósito de ayudar a crear una nueva Revolución Verde. Los fondos aumentarán el año entrante de 450 millones a 800 millones de dólares.

Un mes después, su colega del BID, Luis Alberto Moreno, informó sobre la creación de una línea de crédito por 500 millones de dólares para América Latina y el Caribe, con el propósito de "estimular una mayor producción doméstica de alimentos".

Estas noticias sugieren un cambio en la tendencia mundial de recortar los recursos para la tecnología agrícola. Pero son apenas el comienzo de una corrección de curso que requerirá un mayor compromiso, no solo de la banca multilateral sino también de los países industrializados.

El dilema combustibles biológicos vs. Comestibles

Nadie debate hoy que los biocombustibles han tenido un impacto en la crisis de alimentos. El Gobierno de E.U. lo calcula en 3 por ciento. En contraste, el Banco Mundial cree que es 25 veces mayor: 75 por ciento. Incluso asegura que son más culpables de la crisis que el encarecimiento del petróleo.

En este contexto, es difícil pensar que el desafortunado círculo vicioso entre productos comestibles y combustibles pueda convertirse algún día en un círculo virtuoso.

No obstante, precisamente en eso están trabajando investigadores de la Fundación Getulio Vargas, de Brasil. Recientemente viajaron a Haití, donde los disturbios por la escasez de alimentos dejaron seis personas muertas en abril e hicieron renunciar al Primer Ministro.

¿Podrán convivir?

En un país muy afectado por la erosión -el más pobre del hemisferio- , esperan identificar terrenos apropiados para cultivar productos que puedan convertirse en fuentes de energía. Esto, como parte del memorando de entendimiento firmado el año pasado entre Brasil y E.U. para promover los biocombustibles.

El estudio de viabilidad, financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se propone ir más allá y enfocarse también en identificar productos alimenticios apropiados para cultivar en los mismos terrenos. "Siempre tiene que haber una rotación de cultivos, así que si se hace apropiadamente también se producirán alimentos", explicó Arnaldo Vieira de Carvalho, especialista del BID.

Según él, este esfuerzo en investigación, que deberá complementarse con un plan de negocios, debería beneficiar a todo el sector agrícola.

La inversión en "tecnología agrícola que mire hacia el futuro es importante para Haití", opina Walter P. Falcon, profesor de la Universidad de Stanford, pero entre tanto, advierte, habrá que identificar soluciones inmediatas para asegurar que los haitianos no mueran de hambre.

ESTE ARTÍCULO HACE PARTE DEL PROYECTO 'PERSPECTIVAS LATINOAMERICANAS', DEL BID Y EL BANCO MUNDIAL.

Publicación
portafolio.co
Sección
Economía
Fecha de publicación
24 de agosto de 2008
Autor

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