El último es si la continua pérdida de empleos -84.000 el mes pasado y 605.000 en lo que va del año-limitará los ingresos y afectará el gasto de los consumidores lo suficiente como para desencadenar una recesión.
Aunque las pérdidas mensuales son muy cuantiosas, representan solo una pequeña fracción de las que suelen enfrentarse durante una recesión. La caída de este año ha reducido el total de empleos de nómina menos de medio punto porcentual, y el efecto en los ingresos de los trabajadores ha sido pequeño.
Las empresas se las han arreglado para producir más con menos trabajadores. El producto interno bruto creció a un ritmo anual del 3,3 por ciento en el segundo trimestre, al tiempo que el número de empleos disminuía y que la tasa de desempleo se elevaba.
El resultado fue un incremento sustancial en la productividad. El 4 de agosto, el Departamento del Trabajo dijo que la producción por hora trabajada subió a un ritmo del 4,3 por ciento esta primavera (boreal) en los negocios no agrícolas. La producción aumentó un 3,4 por ciento y las horas trabajadas cayeron un 0,8 por ciento.
Parte del incremento en el PIB se debió a los recortes de impuestos que muchas familias recibieron como parte del paquete de estímulo económico aprobado a principios de año. Y lo que es más importante, el debilitamiento del dólar contribuyó a un aumento de las exportaciones estadounidenses que impulsó la economía.
Crisis del sector vivienda
El efecto de la crisis en el mercado de la vivienda sobre el crecimiento fue de solo la mitad que en los tres trimestres previos.
El estallido de la burbuja de la vivienda podría haber sido suficiente para desencadenar una recesión.
No obstante, la economía parecía estar soportando bien ese peligro cuando la extralimitación de muchos bancos y entidades financieras contribuyó a producir la peor crisis en los mercados financieros desde la Gran Depresión.
Conforme la crisis se intensificó, apareció otro peligro: los precios de una amplia variedad de materias primas, entre ellas el petróleo y los alimentos, se dispararon. Los precios minoristas de la gasolina, la leche, el pan y otros tipos de alimentos subieron, lo que afectó a los consumidores.
El precio de la gasolina y el diésel subió a más de 4 dólares el galón, con lo que los vehículos todoterreno y las camionetas pickup perdieron popularidad entre los compradores.
Ninguna de estas amenazas ha desparecido, y los pronosticadores económicos se encuentran divididos sobre si este periodo extendido de lento crecimiento y pérdida de empleos va a convertirse en algo peor.
Otra alza
El crecimiento económico probablemente registrará otra pequeña alza en el trimestre de julio a septiembre, de entre el 1 y el 2 por ciento. El cuarto trimestre podría ser aún más débil, aunque podría darnos una sorpresa positiva.
Una ventaja importante es la reciente caída en los precios de materias primas, entre ellas el petróleo. El 5 de agosto el crudo para entrega en octubre cayó a unos 106 dólares en la Bolsa Mercantil de Nueva York (Nymex), un 28 por ciento menos que su máximo de más de 147 dólares a mediados de julio.
Los precios de la gasolina no han caído tanto, aunque en la semana que concluyó el 5 de septiembre habían bajado unos 44 centavos el galón a 3,67 dólares, un retroceso del 10 por ciento en un periodo de dos meses.
Esta fuerte baja podría estar moderando una razón clave de la flaqueza económica de este año, una fuerte caída en las ventas de automóviles y camiones nuevos.
Por ejemplo, los recortes de precios en GM -y la baja en los precios de la gasolina- ayudaron a impulsar las ventas de vehículos producidos nacionalmente el mes pasado, una agradable sorpresa para la golpeada industria.
Como el sector vivienda, lo más importante con respecto a las ventas de vehículos es que dejen de caer, de tal forma que ya no sean un lastre para el PIB, como lo han sido desde mediados del 2007. Quizá eso es lo que está ocurriendo.
Para mediados del año próximo, o quizá antes, si las cosas salen
tan bien como en el caso de Pauline, la economía deberá recuperar su solidez.
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