Pero hay que poner algunas cosas en claro. La invasión rusa del mes pasado no es una repetición de Munich 1938, a pesar de las aseveraciones de su presidente Mikheil Saakashvili.
Rusia puede estar lamiéndose las heridas de casi dos décadas de humillaciones a manos de Occidente, pero no es la Alemania nazi volcada a la conquista global.
Tampoco el enfrentamiento preludia el comienzo de una Segunda Guerra Fría, con superpotencias en antípodas ideológicas y dotadas de nucleares amenazándose con la aniquilación mutua.
Aun así, la inquietud entre los inversores es comprensible. Las tropas rusas siguen en suelo georgiano, las tensiones son altas, y el tono de los comentarios de los funcionarios es de afrenta.
Los paraísos tradicionales contra los riesgos geopolíticos incluyen el oro en lingotes, el efectivo y los francos suizos, que tuvieron un buen desempeño durante el desplome del mercado bursátil de 1987, el cuasi colapso del fondo de cobertura Long-Term Capital Management en 1998 y los atentados terroristas del 11 de septiembre.
El yen también resultó favorecido porque los inversores se vuelcan a monedas respaldadas por grandes superávit comerciales en períodos de aversión al riesgo.
Entretanto, los inversionistas harían muy bien en evitar los activos financieros rusos, que ya se han desplomado. El daño colateral podría extenderse a las acciones y monedas de Europa central, mientras suben las primas de riesgo sobre los activos de mercados emergentes y se amplían los márgenes de rendimiento sobre la deuda de países en desarrollo.
Riesgos globales
Aunque los precios del petróleo han caído, la fricción que involucra a Rusia, el segundo exportador de crudo del mundo, podría desatar un aumento en sus precios.
Los acontecimientos en Georgia son un recordatorio de los crecientes riesgos internacionales que, si no son manejados de manera cuidadosa, podrían implicar al mundo en una conflagración destructiva.
Otros puntos de alarma incluyen la posibilidad de un ataque israelí a instalaciones nucleares iraníes, una escalada de tensiones entre India y Pakistán en Cachemira y el conflicto árabe-israelí.
Una tendencia ominosa en los mercados emergentes es la caída en el nacionalismo, conforme emplean sus éxitos económicos como herramienta de influencia.
"Lo vimos en China durante los Juegos Olímpicos", dijo el presidente francés Nicolas Sarkozy en un discurso el 27 de agosto.
"Lo vemos en India, donde grandes compañías están comprando empresas extranjeras; lo vemos en Rusia, donde los traumas de la década de 1990 desafortunadamente llevaron al deseo de una restauración que algunos describen como cuasi imperial", afirmó
En pocas palabras, la analogía histórica a evitar es junio- agosto de 1914. Ese momento fue cuando un hecho aislado -el asesinato el 28 de junio del archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austro-húngaro, por parte de un nacionalista serbio- desencadenó la Primera Guerra Mundial.
En una rápida sucesión de acciones, para el 4 de agosto Europa había caído en un conflicto que resultó en 29,5 millones de víctimas militares, incluyendo 8,3 millones de muertos.
"Las escaladas de tensiones mutuamente provocadas, malas interpretaciones en la evaluación de las intenciones del otro, la reticencia a caer en el desprestigio y el jingoísmo finalmente arrastraron a Europa a la guerra", escribió el ex presidente de la Unión Soviética Mikhail Gorbachov el mes pasado en un artículo de Itar-Tass, en el que trazó analogías al actual conflicto georgiano-ruso.
"Es el momento para que los estados dejen de asustarse entre sí y hagan algo constructivo", djio.
Poderes relativos
Tanto E.U. como Rusia deben reconocer que el mundo ya no es un universo bipolar controlado por dos superpotencias. Tampoco lo es uno con un E.U. dominante y una Rusia humillada.
En lugar de ello, hemos entrado en lo que Sarkozy llama 'la era de potencias relativas', la deficiencia de lo cual es un sistema multilateral fragmentado propenso a la inestabilidad, rivalidades y enfrentamientos.
No obstante, esta nueva estructura también llega con el potencial para una cooperación más profunda basada en los principios y compromisos compartidos.
Un acuerdo mundial de convivencia
En lugar de arriesgarse a una repetición del escenario de agosto de 1914, Estados Unidos, Rusia y Europa deben usar el actual embrollo de Georgia como una oportunidad para lograr un gran acuerdo en el que cada parte ceda algo a cambio de mayor seguridad colectiva.
La meta debería ser garantizar la independencia política y económica de estados más pequeños, reducir la paranoia de Rusia con respecto a un acorralamiento por parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y hacer que Estados Unidos se sienta más seguro frente a estados facciosos como Irán.
Las antiguas repúblicas soviéticas limítrofes con Rusia -Georgia, Ucrania, Moldova y Belarús- serían elegibles para integrar la Unión Europea pero no la Otan. Estos países deben tener un estatus neutral, similar al que tuvo Austria durante la Guerra Fría.
A Estados Unidos se le permitiría mantener sistemas de radar, detección y guía de cohetes en los antiguos estados satélites soviéticos y en la propia Rusia, pero no misiles, cuyo posicionamiento allí debería estar restringido a los miembros originales de la Otan. Esto significa que los misiles que se planificó colocar en Polonia tendrían que ser desplazados más hacia el oeste.
A cambio, Rusia acepta respetar la integridad territorial, soberanía e independencia de todos los países europeos existentes. No puede destacar soldados rusos en ningún otro país europeo ni desplazar fuerzas navales rusas a las aguas de otras naciones sin el consentimiento de sus gobiernos democráticamente elegidos.
Las fuerzas de paz en los países fronterizos con Rusia estarán integradas por efectivos militares que no sean rusos; esto sería un buen papel para la Legión Extranjera francesa.
Rusia, entretanto acuerda no usar sus fuentes de energía como instrumento de la política exterior ni prohibir el flujo de petróleo y gas hacia Occidente. Finalmente, Rusia acepta respaldar los esfuerzos estadounidenses y europeos para evitar que Irán obtenga armas nucleares.
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