Nombre: Jorge Macumba
Correo electrónico: jorgitomacumba@gmail.com
A qué se dedica: Diseñador gráfico
Barrio: Veraguas, Bogotá
Unos nueve años atrás me dedicaba al exclusivo pero poco rentable arte de la decoración de buses y busetas en el legendario taller de don Florentino Novoa, diagonal al cementerio del sur de Bogotá.
Atiborrado de plantillas de cartón con nombres como Maicol Estiven, números de orden, placas y calcomanías de que sexo y si el niño es del conductor no paga. Este más que un taller semejaba una fábrica de personajes de novela...desde los primos santandereanos, Edgar y Richie, (camelladores e invulnerables a las adversas circunstancias que rodeaban la vida en la loma donde aún viven), Alonso 'el ñerito', tipo flaco, feo, dejado y alcohólico, pero imbatible a la hora de marcar buses, busetas y taxis con avisos en pintura...o el famosísimo Jairo 'la loca', pintor excepcional -tanto en calidad como en incumplimiento- y que además de pintar dormía por las noches en el taller a manera de celador, -o como perro de taller-.
Con todos ellos y algunos más que iban y venían desordenadamente, nos deshacíamos del dinero que nos sobraba en 'la última lágrima', cigarrería-cacharrería-rockola y restaurante donde los alegres comensales nos divertíamos al son de la música popular, la rana y la cerveza, mientras que en la mesa de al lado los visitantes del cementerio lloraban el haber dejado en aquel sombrío lugar a algún allegado.
Un mundo lleno de contrastes, ya que así como celebrábamos un ranazo o una moñona mientras los cabizbajos dolientes mascullaban sus penas, nadie se imaginaba que don Floro, con su empolvado overol, su camiseta de Philaac y su tapabocas reciclado, era en realidad un marinero con más de 15 años de experiencia que viajaba cada dos años a bordo de los más exclusivos cruceros italianos como jefe de máquinas, o que Jairo, a quien cariñosamente llamaban 'la loca', que dejaba media vida en los bingos de la 24 y la otra mitad la dejaba en el cambuche del taller se fue de joven a ayudar como voluntario durante la tragedia de Armero y fue la persona que encontró y socorrió a la niña Omaira Sánchez, quien finalmente falleciera atrapada en el barro.
Hoy en día recuerdo con mucho cariño aquellos difíciles días de tablas de ruta y avisos en cinta reflectiva, más que todo gracias al apoyo y la amistad que recibí de estas y más personas que ahora no tengo tiempo ni espacio para mencionar, pero que me enseñaron la diferencia que existe entre la rutina y la cotidianidad, ya que la vida cotidiana esta llena de personas y hechos increíbles que no vemos, o que despreciamos por estar viviendo nuestra vida rutinaria.
Publicidad