"Los especuladores pueden no hacer daño como burbujas en una corriente estable de empresariedad. Pero la situación se pone seria cuando la empresariedad se torna una burbuja dentro de un remolino de especulación. Cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en el subproducto de actividades de casino es muy probable que la cosa resulte mal".
Estas palabras de Keynes en su libro Teoría general, y sus comentarios sobre lo absurdo que es que el empleo y el bienestar de decenas de millones de personas dependan de las apuestas que en ese casino realizan los megaagentes financieros, son bien conocidas para la profesión económica.
Sin embargo, ni la frecuencia, ni la gravedad ni consecuencias devastadoras de las crisis financieras, como tampoco la enorme cantidad de análisis económico neokeynesiano que establece los mecanismos inherentes al funcionamiento del sistema financiero que necesariamente conducen a crisis financieras; a menos que se implementen los mecanismos regulatorios necesarios, alteran la fe de los economistas con poder político en la eficiencia de los mercados financieros.
Esto es así a pesar de que en las periódicas crisis ellos entren en el síndrome del enguayabado que reconoce que tomar le hace daño y promete dejar de hacerlo, conciencia y promesas que tienen la misma solidez y permanencia en nuestros economistas que en el enguayabado, a pesar de la enorme evidencia tanto conceptual como experiencial.
¿Cuánto le durará al secretario del Tesoro Paulson, uno de esos megaagentes convertido a apóstol de la virtual nacionalización de facto del grueso de la banca americana, su celo intervencionista?
¿Lo que dure la socialización de las pérdidas de sus colegas hasta que un nuevo remolino especulativo les permita privatizar sus ganancias y cobrar sin tanta vergüenza sus exorbitantes bonos?
Consideremos las afirmaciones de Keynes: 1. Cuando la empresariedad se torna una burbuja dentro de un remolino de especulación y el desarrollo del capital se convierte en el subproducto de actividades de casino.
En columna del 2 de mayo indicaba cómo la tradición de crisis financieras periódicas muestra que el sistema financiero no solamente profundiza las crisis en el sector real, sino también las causa generando colapso económico por la vía de la reversión de las expectativas de los banqueros, el contagio y el colapso crediticio.
Una debilidad en el cumplimiento de las funciones del sistema financiero, que junto con el racionamiento crediticio de agentes críticos del desarrollo, venían siendo agudizadas por transformaciones en la estructura de dicho sistema desde antes que derivados financieros como los swaps hayan profundizado esa debilidad agudizando los problemas de información asimétrica, riesgo e inestabilidad que tradicionalmente el sistema financiero intentaba compensar.
Profundización ésta inherente al crecimiento explosivo de estos ingeniosos mecanismos de redistribución del riesgo, ya que algunos están diseñados para no ser entendidos, ni siquiera por los banqueros, a manera de ocultar sus niveles de riesgo en forma tal que resultan esparciendo ese nivel de riesgo por todo el sistema financiero, potencial de contagio crítico en la naturaleza epidémica de una crisis financiera global.
Dos hechos simples ilustran esta transformación que significan un acercamiento progresivo del sistema financiero a lo que Keynes denominaba un casino:
a) Los flujos del mercado internacional de capitales se concentran entre los países desarrollados, en desmedro de la transferencia de recursos a los países en desarrollo, de manera que el manejo del riesgo mediante la diversificación de portafolio, que se traduce en enormes flujos saliendo/entrando de/a cada país desarrollado, ha adquirido un papel más importante que la canalización de recursos a la inversión en la dirección prevista por la teoría económica.
b) Los derivados, esas innovaciones financieras que en la citada columna ligaba con el agudizamiento de los problemas de información asimétrica que erosiona la capacidad del sistema financiero de cumplir esta su principal función económica, han crecido explosivamente, como lo revela contundentemente que los banqueros forzados a sacar de sus balances activos por decenas de billones de dólares no entendían el riesgo que estaban asumiendo, al adquirir activos cuya ingeniería financiera les ocultaba su nexo con el segmento vulnerable del mercado hipotecario norteamericano.
El punto es que la transferencia de riesgo en el mercado de derivados tiene lugar gracias a que hay agentes menos aversos a él, los especuladores, los cuales apuestan a que los precios se moverán diferente de lo que espera el mercado, y que esa ingeniería financiera permite que vastos sectores de la banca asuman ese rol, o el de agente explotado en su desinformación, incluso sin ser conscientes de ello. Y las apuestas de esos jugadores tienen un peso cada vez más importante en la actividad financiera.
2. Que el desarrollo del capital resulte mal. Desde hace un año la debacle se veía venir: "como resultado del pánico causado por la erosión de la cartera en el segmento más riesgoso (subprime) del mercado inmobiliario americano, la dinámica creada por la sobreliquidez y las innovaciones financieras ha generado un nivel de interconexión tal que la reversión de esa sobreliquidez (ligada a la de la percepción del riesgo por parte de los banqueros) viene derrumbando bancos, y moviendo bancos centrales en las grandes economías a inyectar decenas de billones de dólares en los sistemas bancarios y a reducir la tasa de interés.
La posibilidad de un colapso crediticio y de sus consecuencias para la economía global urge a los banqueros reducir drásticamente la liquidez crediticia (empezando con el crédito interbancario), con la reversión de su percepción del riesgo".
PORTAFOLIO, 27/sept/07).
Esta debacle, causada por la combinación de liquidez y transformaciones del sistema financiero que lo hacen más proclive a la situación descrita por Keynes en la Teoría General, incluye: los megabancos de inversión de Wall Street han sido salvamentados con recursos asiáticos y/o con recursos gubernamentales o están siendo forzados a transformarse en bancos recipientes de depósitos de manera de poder ser regulados menos laxamente; en conjunción con medidas previas, la actual en curso en el Congreso americano significará un costo cercano al billón de dólares (trillón en inglés), inflando así el ya explosivo déficit agravado por la guerra en Irak, un desequilibrio con importantes consecuencias para los prospectos de estabilidad de la economía real y los mercados monetarios internacionales (para no hablar del costo social de la contracción económica, empezando por estados Unidos donde los pobres pierden sus empleos, sus pensiones y su viviendas, mientras son transferidos a nuestros mega-agentes recursos equivalentes a 10 veces el presupuesto para educación).
¿Servirá esta nueva crisis para mellar la incredulidad de los economistas con poder político en muertes anunciadas tanto por los hechos como por la teoría?
Los laboristas ingleses están empezando a hablar de un nuevo mundo, refiriéndose a lo que los analistas están llamando el fin de la era desreguladora iniciada por Tatcher-Reagan y profundizada hasta Bush-Blair.
¿Puede interpretarse así que el Gobierno abanderado del neoliberalismo se vea forzado a intervenir masivamente, abandonando así sus más básicos principios, y que la líder Pelosi del Congreso anunciara a Wall Street que se acabó la fiesta?
Al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la memoria de la Gran Depresión todavía pesaba en la conciencia colectiva, Keynes no logró convencer a los economistas con poder político de la necesidad de regular más estrictamente los sistemas financieros.
¿Podrá las recurrentes devastadoras consecuencias de su visión de lo que podría ser un sistema financiero insuficientemente regulado convencer a la profesión económica de que, como dicen los laboristas, los mercados son buenos sirvientes pero malos amos?
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