La ola de calor que por estos días sorprende a los habitantes de Washington, en pleno comienzo del otoño, es el marco natural para hablar sobre la calentura que aqueja a la economía del planeta.
En la semana que acaba de terminar, la Bolsa de Nueva York perdió 18,2 por ciento en apenas 5 sesiones. La Bolsa de Londres cayó 20,3 por ciento y la alemana, 21,6 por ciento.
El retroceso en Colombia fue de 18,5. Tendencias similares se vieron en todas las plazas, de Tokio a Sao Paulo. En el papel, las pérdidas para los poseedores de acciones se miden en billones de dólares.
Por no hablar de las tasas de cambio, que llevaron a niveles sin precedentes al peso mexicano y al real brasileño, y que en el país acabaron de un plumazo con las quejas por la revaluación. El peso cerró el viernes en 2.314 por dólar, 41 por ciento más que en el punto más bajo del 2008, alcanzado el 19 de junio.
Todo lo ocurrido es consecuencia de la emergencia que se declaró hace un año, cuando estalló la burbuja de la finca raíz en Estados Unidos y los precios de casas y apartamentos comenzaron a bajar al cabo de una ola especulativa.
Pero lo que parecía ser un problema de un solo sector contagió a las principales entidades financieras que crearon y adquirieron papeles derivados de préstamos hipotecarios, muchos de los cuales tienen hoy muy poco valor.
Así se incubó un fenómeno de proporciones gigantescas. Según las cuentas del FMI, las pérdidas de los bancos ascienden a 1,4 billones de dólares, unas ocho veces lo que produce Colombia en un año. Como consecuencia, se han quebrado decenas de instituciones, mientras otras tuvieron que ser nacionalizadas o adquiridas por sus competidores.
En respuesta, las naciones más ricas han adoptado diferentes medidas. En un comienzo manejaron el problema entidad por entidad, pero hace un mes el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, propuso un esquema audaz: un paquete de 700 mil millones de dólares para todas las entidades en líos.
Nada ha servido
No obstante, cuando el Congreso lo aprobó, al cabo de varios días de tira y afloje, el pesimismo aumentó. Como si eso no fuera suficiente, varios bancos europeos empezaron a tambalear y obligaron a los gobiernos de la Unión a tomar decisiones de emergencia.
Por ejemplo, proteger los depósitos bancarios y entregar fondos públicos a las empresas en peor situación. El jueves, el Gobierno británico comprometió 500 mil millones de libras esterlinas en un paquete que incluye la compra de acciones, lo que equivale a una nacionalización parcial de sus entidades de crédito. Además, los principales bancos centrales recortaron sus tasas en forma sorpresiva, pero nada de eso acabó con el nerviosismo.
El caso más dramático es el de Islandia, una pequeña isla de 300 mil habitantes en el Atlántico Norte. Su buen nivel de vida está en duda por el derrumbe del sistema bancario, cuyas deudas por más de 100 mil millones de dólares obligaron a nacionalizarlo. En opinión de algunos, es la primera nación desarrollada que entra en bancarrota.
Con semejante preámbulo, es claro por qué la cita en Washington es tan importante. Se trata de devolverles la fe en el sector financiero a los inversionistas y a los propios bancos, pues las más elementales operaciones de crédito están paralizadas. "Estamos caminando a ciegas en un campo minado. Hay que hacer todo lo posible por quitarse la venda", le dijo a EL TIEMPO el profesor de la Universidad de Nueva York Nouriel Roubini.
¿Cuál es la solución? Según el director-gerente del FMI, el francés Dominique Strauss-Kahn, "podemos resolver los problemas que enfrentamos", pero hay que actuar "rápidamente y con fuerza". El funcionario aconseja una respuesta global y coordinada que incluiría dinero y garantías adicionales, con un objetivo inicial: "La confianza es lo primero que necesita ser restablecido antes de que podamos usar las herramientas tradicionales de la política económica".
Esa fue la intención de los ministros de los países que integran el G-7 (Estados Unidos, Francia, Canadá, Italia, Gran Bretaña, Alemania y Japón), que el viernes, en un comunicado, se comprometieron a trabajar unidos en la búsqueda de soluciones.
El mensaje fue reiterado en la mañana de ayer, después de una cita en la Casa Blanca con George W. Bush, en la que el mandatario -que ha hablado 22 veces sobre el tema en los últimos 27 días- insistió en que "vamos a superar esta crisis".
RICARDO ÁVILA
DIRECTOR DE PORTAFOLIO
WASHINGTON
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