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Miercoles 15 de Febrero de 2012

Crisis mundial, objetividad y acción

Durante seis años, el señor presidente Uribe manejó un Mercedes Benz en una autopista y ahora, de repente, quedó montado en un Renault 4, andando por una trocha que desperdició la oportunidad de pavimentar cuando pudo, para que la tarea de hoy fuera menos dura.

Es una manera gráfica de poner el cambio de escenario al que se enfrenta el Gobierno y que aparentemente no acaba de entender y menos de asimilar. Pero además, es en las crisis en donde se conoce el temple de los individuos y los errores cometidos en las políticas públicas. Son entonces dos elementos de gran trascendencia para entender no solo lo que le puede pasar a Colombia sino, más importante aún, qué es lo que se debería estar haciendo ya.

Preocupa ver no solo a los mandatarios del países industrializados que son los más afectados en este momento, sino a presidentes como el de México y a otros mandatarios de países en desarrollo, metidos de cabeza en la búsqueda de estrategias para minimizar los efectos negativos de la situación mundial.

Pero aquí, el señor Presidente sigue en sus interminables
Consejos Comunales, gobernando con micrófono y dando órdenes para que se inunde el parque de Paramillo y se haga Urrá II. ¿Qué tal el desprecio por el medio ambiente? Además, no es el momento de la microgerencia que debería quedar en manos de buenos, óigase bien, buenos ministros.

¿Por qué no se percibe al Gobierno suficientemente intranquilo y activo frente a las nuevas realidades? La explicación es que se ha concentrado en solo uno de los sectores que sentirán los vientos huracanados provenientes de la nueva situación económica mundial.

Con cierta irresponsabilidad, se ha limitado al sector financiero, el que menos preocupación genera, y ha ignorado los impactos en el sector real de la economía y sus obvias consecuencias fiscales. Para no mencionar la situación social que se deteriorará, pero que jamás ha trasnochado realmente al Gobierno. Todo lo que se dice del sector financiero es cierto.

La crisis de final de siglo no pasó en vano en Colombia y hoy esa actividad está bastante regulada, existe Fogafín, y es difícil pensar que la situación de la banca internacional afecte severamente este tipo de actividades. Habrá pérdidas en los fondos de pensiones y en la Bolsa, pero no serán catastróficas. Sin embargo, Colombia no está blindada.

Para empezar, el sector real de la economía entra a esta nueva etapa en proceso de desaceleración; la industria y la construcción se vinieron abajo en este semestre y no se ven cambios positivos en el futuro próximo; la agricultura, que está creciendo al 3,6 por ciento, no será el nuevo motor porque al analizar las cifras recientes, los rubros que aumentan son los de los animales: ganadería, avicultura y pesca, pero la producción agrícola sigue sin levantar cabeza y no se ve posible un crecimiento sectorial del 5 por ciento para este año.

A su vez, al analizar el crecimiento de las exportaciones se identifica claramente que es un fenómeno de altos precios internacionales que serán los primeros afectados por el freno de la economía mundial.

Pero sin duda, el tema más descuidado es el fiscal: no hay financiación para lo que se programó y conseguir estos recursos será difícil y costoso. Y lo peor es que no hay ninguna posibilidad de desarrollar programas nuevos que contrarresten el impacto negativo de la situación mundial.

Es decir, no hay plata para una política fiscal contracíclica, que sería lo recomendable. Una mirada rápida al Marco Fiscal de Mediano Plazo y al Presupuesto General de la Nación evidencia que los ingresos del Gobierno para lo programado están en veremos.

La economía no crecerá este año al 5 por ciento, sino al 4 por ciento o menos y, el 2009 será muy duro con incrementos que se pronostican entre el 1 y el 3 por ciento. Nada de eso se planteó en las proyecciones. En el Marco Fiscal se trabaja con un precio del petróleo de US$115 y éste ya va por US$77,7 dólares el barril. No es responsable por parte del MinHacienda mantener estos supuestos.

El presupuesto debería ser recortado de acuerdo con las posibilidades reales de financiación. Ni una palabra se ha escuchado frente a esto. A lo anterior deben agregársele las nuevas consecuencias de la desaceleración mundial que complicarán, aún más, el crecimiento económico y la recaudación de impuestos.

Las exportaciones se vendrán abajo porque los dos socios comerciales más importantes del país, Estados Unidos y Venezuela que vive del precio del petróleo, están en problemas. La inversión extranjera va a caer y Colombia, en medio de sus conmociones, puede ser un país menos atractivo. Finalmente, las remesas, que sin duda ayudan, se reducirán por el mayor desempleo de los inmigrantes.

Ante estas realidades, la pregunta pertinente es ¿qué tantos instrumentos tienen el Gobierno y el país para hacerle frente a esta situación? Y allí surge el tema de las malas políticas durante la bonanza. A diferencia de México y de Chile que armaron Fondos de Estabilización con sus excedentes, Colombia no solo sigue con déficit del Gobierno Central porque gastó a manos llenas, sino que también se ferió en los últimos dos años los recursos del Fondo Petrolero.

Hoy Chile y México pueden contrarrestar la desaceleración mundial con políticas internas que impulsen la infraestructura y la demanda interna, que frenen el desempleo y financien las políticas sociales. En cambio Colombia, gracias a los errores del Gobierno, está con las manos atadas.

No se aprovecharon los buenos años para hacer políticas productivas en vez de asignar grandes recursos a subsidios que abarataron el capital y desestimularon el empleo. En el campo, esta política congeló su necesaria transformación productiva.
La desaceleración llega a un país con graves problemas laborales y con una política social que no garantiza los derechos fundamentales de los ciudadanos de menores ingresos. Estas equivocaciones se pagarán ahora. El no haber valorado la necesidad de estimular la demanda interna, que sigue siendo el motor principal del desarrollo nacional, nos costará caro.

Este sería el momento de acelerar la inversión pública pero, ¿con qué plata?; de generar empleo, pero ¿dónde?; de una agresiva política social pero, ¡imposible sin recursos ni instituciones!; de reducir las tasas de interés, pero si la inflación fuera baja...
Por el contrario, lo que se vislumbra es de nuevo una política procíclica que empieza por la reducción del gasto porque no habrá más remedio. No se podrá estimular el crecimiento ni se generará el empleo que se requiere. Ni siquiera la política social que le gusta al Gobierno, Familias en Acción, encontrará fácilmente la financiación que necesita. Solo salva al país la tasa de cambio y un sector financiero sano.

Ninguna de las soluciones hasta ahora planteadas son realistas: los árabes son tan negociantes como todos los demás, pero además ya Colombia les hizo el feo cuando se acercaron a América Latina; difícil abrir nuevos mercados cuando todo el mundo está en esas, y probablemente con más oferta exportable y a mejores precios.

Aunque no le guste al Gobierno, la única posibilidad es una Reforma Tributaria que haga pagar impuestos a esos sectores que nunca lo han hecho. Difícil en plena precampaña electoral, pero la pregunta que el señor Presidente debe hacerse es ¿qué es más impopular: una recesión generalizada o el malestar de algunos? Llegó el momento de pensar con cabeza fría: objetividad y acción es la regla.
cecilia@cecilialopez.com

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
15 de octubre de 2008
Autor
Cecilia López Montaño

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