En esa danza de miles de millones de dólares que se mueven para salvar el sistema financiero, al problema más complicado de resolver no se le presta la atención debida. Se trata, ni más ni menos, de la pérdida de confianza de los usuarios en las entidades administradoras de los recursos y, por supuesto, en los individuos que las manejan. Sin temor a equivocación es la dificultad más seria de cara a la recuperación, pues varios años pasarán antes de que se reconstruya este factor clave para el adecuado funcionamiento del sector. El hecho mismo de que hayan sido los créditos interbancarios los primeros afectados, pone de manifiesto la dificultad tan grande que entraña la pérdida de credibilidad entre los protagonistas del descalabro.
En las circunstancias actuales, algo que se debe poner de presente es que la confianza no reside en los avances tecnológicos o en los circuitos integrados. A pesar de que implica intercambio de información, la confianza no puede ser reducida simplemente a eso. Una empresa 'virtual' puede recibir abundante información referida a proveedores o clientes a través de sus sistemas. Pero si todos son tramposos o utilizan el fraude de modo permanente, tratar con ellos seguirá siendo un proceso costoso, que implicará contratos complejos y prolongados procesos de coerción para lograr el cumplimiento deseado. Sin la confianza existirá una motivación para volver a incorporar esas actividades al seno de la empresa y restituir las viejas jerarquías, abolidas precisamente para lograr un funcionamiento mejor del aparato productivo.
Dado que la comunidad depende de la confianza y, la confianza, a su vez, es algo culturalmente determinado, se llega a la conclusión que la capacidad de una organización o empresa de pasar de grandes estructuras jerárquicas a las redes más flexibles de empresas más pequeñas depende del grado de confianza y del capital existentes en la sociedad más amplia. Una sociedad de alto grado de confianza, crea redes muy eficientes que agilizan el trabajo y economizan costos. Al contrario, una sociedad de bajo grado de confianza, en cambio, nunca será capaz de aprovechar las ventajas que ofrece la tecnología. A problemas de este estilo se pueden ver abocadas las nuevas entidades financieras que aparezcan después del desastre.
No se puede olvidar que la confianza es la expectativa que surge dentro de una comunidad de comportamiento normal, honesto y cooperativo, basada en normas comunes compartidas por todos los miembros del conglomerado. Esas normas pueden referirse a cuestiones de valor profundo, como la naturaleza de Dios o la Justicia, pero también comprenden normas seculares como las pautas profesionales y los códigos de conducta.
El capital social es la capacidad que nace a partir del predominio de la confianza, en una sociedad o en determinados sectores de ésta. Puede estar personificado en el grupo más pequeño y básico de la sociedad, la familia, así como en el grupo más grande de todos, la nación y en todos los grupos intermedios. El capital social difiere de otras formas de capital humano en cuanto que, en general, es creado y transmitido mediante mecanismos culturales como la religión, la tradición o los hábitos históricos.
Algunos economistas suelen afirmar que la formación de grupos sociales puede explicarse como el resultado de un contrato voluntario entre individuos que, con base en un cálculo racional, llegan a la conclusión de que esa cooperación favorece sus intereses en el largo plazo. Si esto fuera así, la confianza no sería necesaria para la cooperación; el interés personal, en forma conjunta con mecanismos legales como los contratos, podría compensar la ausencia de confianza y dejar que extraños creen una organización que funcione. En realidad este no es el caso del sector financiero, así que lo que se impone es reconstruir la confianza.
rosgo12@hotmail.com
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