El reconocimiento oficial de que en este año no creceremos al 5% como originalmente se había predicho sino al 3,5% es un acto de realismo. Pero es un realismo que implica costos que también hay que asumir.
La principal consecuencia de este tardío realismo gubernamental es que forzosamente deberá revisarse el presupuesto del 2009. El proyecto de presupuesto del año entrante se trabajó sobre la premisa de que creceríamos al 5%. El comportamiento de los negocios en el 2008 determinará el recaudo de los tributos directos a lo largo del 2009. Y como las perspectivas de crecimiento para el año entrante tampoco son halagüeñas disminuirá igualmente el recaudo esperado del IVA y de los demás tributos indirectos.
Si a esto se le suma que el cálculo del servicio de la deuda pública denominada en moneda extranjera está calculada a una tasa de cambio inferior ($ 1980 por dólar) a la que se va a presentar por razón del volátil repunte del dólar, habrá que convenir que el hueco fiscal en el presupuesto del año entrante será sensiblemente mayor al que inicialmente se había previsto.
Analistas muy serios afirman que el boquete fiscal que se está abriendo en las cuentas fiscales del país no será inferior a los 5 billones de pesos. Suma altísima que no puede soslayarse.
Ahora bien: ¿Qué hará el Gobierno? Aún no se sabe. Por el momento lo único que ha hecho es reconocer que no vamos a crecer al 5% sino al 3,5%.
Frente a este nuevo escenario fiscal hay una de tres alternativas.
La primera es no hacer nada. Dejar las cosas como están previstas en el presupuesto del año entrante. Entonces el déficit fiscal del Gobierno Central no será (cuando se cierren las cuentas presupuestales del 2009) del 3% del PIB como estaba contemplado inicialmente sino mucho mayor. Probablemente del 4% o del 4,5% del PIB.
Un déficit de esta magnitud- además de las dificultades que acarrearía su financiamiento- sería un mensaje inconveniente ante la comunidad internacional. En un momento en que Colombia sale afanosamente a buscar financiación externa frente a los contratiempos que están experimentando los mercados bancarios internacionales.
La segunda alternativa es hacer algún ajuste cosmético para mostrar que se es consciente del problema pero sin ir al fondo del mismo. El efecto práctico es el mismo de la alternativa primera: escepticismo de la banca internacional para otorgar facilidades crediticias al país cuando más lo necesitamos.
Y la tercera alternativa es tomar el toro por las astas y reconocer, no solo que la crisis bancaria norteamericana lleva a una menor proyección del crecimiento (cosa que ya se hizo), sino aceptar que esto implica una apretada del cinturón fiscal para el 2009 (cosa que aún no se ha hecho).
La última alternativa debe incluir también que el Gobierno dé por terminado -cosa que tampoco ha hecho- el festival de innecesarias exenciones y de privilegios tributarios que ha concedido a algunos sectores opulentos escogidos a dedo. Este festival (además del alto costo fiscal que entraña) está llevándonos a la inequidad en la estructura tributaria del país. Cada vez dependemos más del IVA y de los impuestos sobre los asalariados y menos de los tributos sobre el capital.
La capacidad del país para pasar con rasguños menores o con heridas muy graves el fuerte terremoto que se ha generado en Wall Street dependerá de cual de estas tres alternativas fiscales se escoja finalmente.
jotacrestrepo@yahoo.es
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