Es la nueva y muy adictiva rutina diaria. Observar el movimiento de los gráficos de precios de las acciones en todos los mercados y sus contagios en cadena a través de las distintas zonas horarias: Asia que cierra mientras nosotros amanecemos, cuando Europa y el Medio Oriente se encuentran en plena actividad y Nueva York y las bolsas de las capitales latinoamericanas apenas abren.
Estupefactos, contemplar como los principales índices accionarios presentan caídas diarias de hasta dos dígitos porcentuales, seguidas al día siguiente de otras caídas similares, para, al tercer día, lograr significativas, aunque claramente insuficientes, recuperaciones. Un tanto así, aún más pronunciado, es el caso de los precios de commodities, de los bienes de finca raíz en muchos países, y de la práctica totalidad de los precios de todos los tipos de activos de alguna importancia, tengan o no representatividad a través de títulos valores.
Estos movimientos telúricos en la economía mundial están alterando radicalmente el paisaje financiero. Después de los grandes shocks petroleros de los setenta, la economía mundial evolucionó con cierta continuidad hasta el año pasado, generando en el proceso transformaciones fundamentales que hacen incomparable el orden económico mundial actual con el de hace treinta años. Durante este largo período los 'saltos bruscos' los presentó la geopolítica, con la incorporación a la economía mundial de los países de la antigua Unión Soviética, los de Europa del Este, China e Indochina.
Los valores de las acciones, en términos absolutos y también con relación a las utilidades que generan las compañías, experimentaron una larga curva ascendente, con algunas caídas temporales (1987, 2001) que no desviaron permanentemente la tendencia.
Los niveles de tasas de interés bajaron a los mínimos, produciendo bonanzas de utilidades para los gigantescos poseedores institucionales de papeles de renta fija con plazos largos. Nos habíamos acostumbrado a cierta generosa estabilidad que nos mantenía adormecidos.
Las dificultades y cambios de entorno nos están resucitando la capacidad de pensar más allá del contexto, en retrospectiva estrecho, del gran período de expansión que parece estamos cerrando.
La crisis estimula el cerebro para reflexionar sobre los fenómenos de la economía mundial y de los mercados financieros; y a partir de allí sobre el resto de los aspectos del funcionamiento social, la interrelación entre los distintos grupos e individuos y hasta sobre el mismo sentido de la vida. Esta coyuntura nos fortalecerá como inversionistas.
PRECISIONES
Para vivir la crisis, tanto en términos de beneficiarse de las oportunidades de inversión como de aprovechar el estímulo intelectual, es importante enmarcar el fenómeno, las fuerzas detrás del mismo, y su potencial evolución, en sus justas dimensiones. La primera víctima de la crisis parece haber sido el buen juicio y criterio. La crisis ha producido disparidad de comentarios que generalmente reflejan simplemente prejuicios ideológicos establecidos hace ya décadas.
Para empezar se han realizado críticas generalizadas a un llamado 'modelo económico imperante'. Pero, lo primero, la expansión económica de los últimos 15 años fue genuinamente extraordinaria y positiva. Aumentó sustancialmente el ingreso y el bienestar económico general de enormes grupos de población alrededor del mundo.
El crecimiento del comercio mundial, el aumento en los flujos de capital, las posibilidades de apalancamiento, la innovación financiera, permitieron que esto fuese así. Por ejemplo, la impresionante expansión de los créditos hipotecarios destinados a familias de bajos ingresos en Estados Unidos, muchas veces financiados con recursos de inversionistas institucionales europeos, dio acceso a vivienda a amplios segmentos que no la tenían. Y, de hecho, aún hoy en día la mayoría de los créditos hipotecarios "sub-prime" se encuentran al día.
En el mismo sentido, se han creado discusiones simplistas sobre la interrelación del estado y el libre mercado. Se ha querido presentar a la crisis como a un evento causado por el exceso de libre mercado, cuya solución sería una oleada de nuevo intervencionismo. Pero, el 'libre mercado', donde interactúan compañías e individuos, produciendo, comprando y vendiendo, diferentes tipos de productos o servicios, está enmarcado en un contexto social determinado, incluyendo el estado y su regulación, que influye sobre la magnitud y los resultados de las fuerzas del mercado tanto como los impulsos de los agentes. Estado y mercado siempre han tenido una relación estrecha y compleja.
Dos de los fenómenos subyacentes que impulsaron la expansión reciente fueron en realidad motivados por un exceso de intervencionismo, de 'dirigismo': abundantes subsidios, garantías y estímulos al crédito hipotecario en Estados Unidos y gran parte de los países desarrollados y una política monetaria permanentemente laxa de muy abundante liquidez y muy bajas tasas de interés. Y en realidad, el sector bancario está fuertemente regulado, reforzado en los últimos años por la introducción de los principios de Basilea II, los modelos de 'valor en riesgo', valoración a precios de mercado, etc.
La cuestión seguramente no es la intensidad de la regulación sino la calidad de la misma, así como la coordinación internacional, en lo que respecta a los grandes bancos transnacionales. De cualquier forma, y como ha sido siempre, los rendimientos de las inversiones dependen tanto de la actividad empresarial, dentro de un mercado, como de las políticas generales y particulares que se apliquen al mismo.
¿Y LAS INVERSIONES?
Los ciclos económicos son parte de la naturaleza económica, así a veces tengamos la impresión que los hemos superado. Períodos de expansión serán seguidos inevitablemente por períodos de contracción, y viceversa. Con lo cual el ritmo de la actividad económica y los precios de los activos se recuperarán. La cuestión es la magnitud real del desapalancamiento y la proporción que podrá ser compensada con el mayor gasto gubernamental.
La economía mundial continúa teniendo un enorme potencial de crecimiento económico. La revolución tecnológica sigue sorprendiéndonos. El volumen de la explosión demográfica implica cantidades crecientes de demanda futura por bienes y servicios adicionales, proveídos por las empresas, lo cual resultará en mayores dividendos y aumento en el valor de sus acciones.
La oportunidad de aprovechar los desajustes relativos de los valores de los distintos tipos de activos es única. Desde algunas monedas, por ejemplo el euro, hasta el caso de las acciones de compañías cuyo valor ha caído muy bruscamente, a pesar de que tienen poco apalancamiento y una demanda por sus productos o servicios que no se verá afectada, o que incluso se verá beneficiada por la crisis.
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