A pesar del relativo alivio que significó el dato de inflación de noviembre, cuando el alza en el Índice de Precios al Consumidor en los últimos 12 meses cayó a 7,73 por ciento, hay síntomas de preocupación entre los analistas. El motivo es que lo que ya está en juego, después del descalabro del 2008, es el cumplimiento del objetivo del próximo año, fijado por el Banco de la República en 5 por ciento.
Todo indica que no debería haber motivos de mucha inquietud. Por cuenta de la desaceleración de la economía y del estancamiento previsto en la demanda, las presiones alcistas serán mucho menores que cuando el Producto Interno Bruto crecía a su tasa más alta en tres décadas. De la misma manera, la caída en las cotizaciones de los productos básicos ha sido sustancial, como lo atestigua la baja en los precios del petróleo que incluso se reflejará en una reducción de 60 pesos en el galón de la gasolina, durante este mes. En otras latitudes esas circunstancias han generado un retroceso superior a un punto porcentual en el ritmo de la carestía, con lo cual las alarmas que se dispararon ante un posible rebrote inflacionario han vuelto a la normalidad.
Sin embargo, en el caso de Colombia lo sucedido con el rubro de alimentos es francamente preocupante. Y es que no solo el incremento anualizado a noviembre llegó a 12,95 por ciento, sino que el mayor valor de la comida ha golpeado a los más pobres que destinan hasta una tercera parte de su ingreso a comprar productos de primera necesidad. De hecho, la inflación de los últimos 12 meses para los estratos bajos fue superior al 9 por ciento.
Parte de la explicación es que la fuerte temporada invernal ha trastornado la llegada de las cosechas, aparte de la inundación de miles de hectáreas y de dificultades en el transporte. Otros señalan que el aumento de la tasa de cambio ha golpeado bienes específicos que se importan, como la lenteja o el garbanzo, a pesar del desplome mundial de los precios. También es claro que ha habido ciclos profundos que se han reflejado en algunos tubérculos.
No obstante, resulta difícil entender por qué el arroz ha tenido una elevación de casi 64 por ciento, mientras que la papa lo ha hecho en 55 por ciento, para no hablar de la cebolla con 80 por ciento o la zanahoria con 48 por ciento.
El tema del arroz es todavía más complejo si se tiene en cuenta que la producción creció 23,5 por ciento este semestre y que en el 2008 debería ser superior a los 2,8 millones de toneladas, cifra que supera en 355.000 toneladas el consumo interno. Como el producto no se exporta, eso garantiza una buena disponibilidad para el próximo año, aunque lo lógico es que debido al mecanismo de la oferta y la demanda los precios disminuyan. En respuesta, hay quienes culpan al Ministerio de Agricultura por haber aprobado un incentivo de almacenamiento por valor de 25.000 millones de pesos para todo el semestre. Este a su vez aclara que la medida fue suspendida al cabo de un mes de operar y que lo que ocurre es un efecto especulativo, a través del manejo de inventarios en la intermediación mayorista. Si bien hubo anuncios de apertura de un cupo de importación de 75.000 toneladas, la noticia no tuvo los resultados esperados, pues el producto subió 10 por ciento en noviembre.
También ha generado preguntas una decisión reciente relacionada con el maíz amarillo, consistente en suspender el sistema de franjas de precios y remplazarlo por un arancel del 25 por ciento. El Ministerio dice que la razón fue técnica y que hay un cupo de importación de 2,3 millones de toneladas que entra sin pagar impuestos, y que se asigna mediante el mecanismo de subasta a quienes les compren a los productores nacionales algo más de un millón de toneladas.
Pero más allá de las explicaciones, es claro que hay que redoblar esfuerzos, sobre todo si las alzas tienen razones especulativas. Resulta increíble, como lo muestran las estadísticas, que en una economía que aun crece los colombianos estén comiendo menos, porque sencillamente no les alcanza el dinero para alimentarse.
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