Cada año, por esta época, se repite el ritual. Sindicatos, gremios económicos y gobierno se reúnen para fijar el reajuste salarial para el año siguiente. En un tiempo ya lejano se llegaban a acuerdos. Hoy sabemos que el proceso es una verdadera pantomima. Las diferencias entre las propuestas son abismales. No hay una voluntad de llegar a un consenso. El proceso solo servirá para dar declaraciones y reforzar los trillados argumentos de las partes. Queda en evidencia que no hay cultura de negociación y no concebimos estos procesos como una estrategia gana-gana.
Los sindicatos no tienen interés en llegar a un acuerdo con un gobierno que han denunciado internacionalmente como asesino de sindicalistas y violador de las normas laborales. No tendría presentación que, luego de haber atacado al Gobierno en cuanto foro existe, firmen un acuerdo salarial. Tampoco les serviría en su estrategia en los E.U.contra el TLC. No hay que olvidar que la ausencia de garantías sindicales es el argumento esgrimido por los demócratas para no permitir el voto en el Congreso del TLC.
Los gremios nuevamente centrarán sus argumentos en la productividad. Esta es una aproximación que tiene algunas debilidades. Las ganancias de productividad no son homogéneas en la economía. Hay sectores donde son muy fuertes y pueden permitir reajustes de salarios superiores. Existen otros donde la productividad no progresa e incluso retrocede, lo que limita el margen de maniobra en materia salarial.
El Gobierno es consciente de que los sindicatos sólo son fuertes en el sector oficial. Teme que se siga endureciendo el clima laboral. Pero en el fondo su preocupación mayor es el impacto de la negociación sobre las finanzas públicas.
El debate así planteado es de una gran pobreza conceptual. Atrincherados en sus posiciones pasarán días simulando una negociación en la que ninguno cree. Ausente de este debate estará el desafío mayor de nuestra economía: la generación de empleo. Se perderá nuevamente la ocasión para abordar el tema de fondo que es el desempleo creciente. No se escucharán las voces de todos aquellos que no encuentran empleo en una economía con crecientes índices de informalidad.
Los sindicatos tendrán que entender que la flexibilidad es la mejor manera de proteger los empleos. Los empresarios deben aceptar que solo una agresiva política de inversión en capacitación les garantizará productividad y competitividad. Los salarios bajos no son señal de eficiencia sino de ausencia de generación de valor agregado. El Gobierno, por su parte, debería dejar de postergar la modernización de la gerencia humana en el sector público.
Muchos países han negociado verdaderos pactos laborales que le brindan a la economía estabilidad y claridad. Estos consensos son vitales para mejorar la productividad y consolidar la competitividad de la economía.
MIGUEL GÓMEZ M.
Director Cámara de Comercio Colombo-Americana
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