A diferencia de los faraones del antiguo Egipto, los modernos arquitectos de las pirámides han preferido disfrutar muy vivos de los banquetes y los tesoros, antes que ser sepultados con tan terrenales menesteres. Evitan así tener que vigilar momificados sus cuantiosos haberes, bajo el Ra canicular del inescrutable Valle de los Reyes, arriesgándose además al saqueo de sus vasallos; optaron mejor por anticiparse a esquilmarlos con la ayuda de algunos expertos, y trasladar las riquezas a escondites más seguros. Los tesoros de las pirámides virtuales pueden llegar a ser identificados, pero no será fácil la tarea de traerlos al país para resarcir a los miles de damnificados, muchos de quienes ayudaron a construir esos enormes monumentos al delito y a la indolencia con sudor y sangre, como los antiguos esclavos.
La primera dificultad consiste en identificar los bienes y demostrar quiénes son sus propietarios, porque para imposibilitar esa tarea se han creado los paraísos fiscales. Estos territorios, muy comunes en el Caribe, en el Pacífico Sur y aún en Europa, como regla general operan también como centros financieros especializados. El ocultamiento de los bienes se facilita mediante sociedades de fachada, para cuyo propósito los paraísos fiscales ofrecen atractivas ventajas, como las acciones al portador y el secreto bancario.
Formar una sociedad en esos refugios sólo demanda un poco de imaginación, porque el inconveniente mayor consiste en encontrar una razón social que no haya sido registrada. Para tener una idea de la magnitud, en los primeros once meses de 2.004 se constituyeron en Panamá 23.138 sociedades, sin contar las fundaciones; es decir, 100 sociedades por día laborable. Además, no es necesario pagar el capital, las acciones pueden ser emitidas en dólares o en cualquiera otra moneda, los accionistas, directores y funcionarios pueden tener cualquier nacionalidad y residir en cualquier país, e igualmente pueden ser sociedades; las asambleas y juntas directivas pueden celebrarse en cualquier país y pueden deliberar por poder, por teléfono o cualquier otro medio de comunicación. Registrar una sociedad genera un impuesto de US$250 y la renovación 300 anuales, tarifa similar a la que cobran las Islas Vírgenes Británicas, otro de los paraísos fiscales más populares. Todas estas ventajas, más el secreto bancario, forman un escenario ideal para los negocios ocultos.
Con razón estos territorios se utilizan también con gran profusión y sin mayores preocupaciones éticas para fines tributarios. En el caso colombiano, no es coincidencia que entre los primeros diez destinos de la inversión en el exterior cinco sean paraísos fiscales, y entre los principales diez inversionistas del exterior cuatro tengan esas mismas características. Además, se sigue desconociendo la ley que desde hace cinco años ordenó al Gobierno Nacional identificarlos, con el objeto de ejercer algún control impositivo, como hace la mayoría de los países serios. Por todas estas razones, podría resultar más fácil ver a un faraón conduciendo un Ferrari, que los fondos esquilmados en las pirámides regresando de los paraísos fiscales.
horacio.ayala@etb.net.co
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