A estas alturas del año, prácticamente todo se ha escrito acerca del fenómeno de las mal llamadas pirámides financieras. Hay consenso generalizado en el sentido de que con dinero de los contribuyentes no se puede salir a indemnizar a unas personas, que por exceso de agallas o por efecto manada, se dejaron atrapar en esa trampa mortal. También hay consenso acerca de que la intervención del Gobierno a todo nivel, fue tímida y extremadamente tardía y muy seguramente la posibilidad de recuperar el dinero refundido es bastante remota, pues la mayor parte de él está en los bolsillos de los que se montaron en el carrusel en las primeras etapas o en activos financieros y bienes de lujo en el exterior, difícilmente rastreables.
Sin embargo, y como un aporte diferente al tema, sería conveniente cambiarle a este ejercicio financiero el nombre de pirámide, pues es un verdadero contrasentido. La historia enseña que una pirámide es una edificación construida de abajo hacia arriba y con bases muy sólidas. Así son las emblemáticas pirámides de la civilización egipcia, cuya solidez les ha permitido resistir el paso del tiempo por centurias y milenios. Las de tipo financiero por el contrario, se construyen del vértice hacia la base, lo que las hace absolutamente vulnerables e insostenibles en el tiempo. Por lo tanto, sería más apropiado identificarlas como castillos de naipes, burbujas de capital o quimeras financieras. Esta falta de sindéresis puede ser parte del origen del problema que a la postre ha venido a causar la emergencia social en vastas zonas de la geografía nacional.
Pasando a otro tema -aunque en el convulsionado mundo moderno todo viene a estar interrelacionado- llama la atención la manera como el Jefe del Estado presentó en el marco de la celebración de los 50 años del Departamento Nacional de Planeación, una serie de cifras y estadísticas sobre cuya autenticidad no hay manto de duda, pero sobre cuya interpretación, según el prisma con que se miren, surgen puntos de vista diferentes.
Una de esas cifras tiene que ver con el número de personas pobres atendidas por planes asistenciales del Gobierno, que en los últimos seis años habría pasado de trece a veinticinco millones. Para el Gobierno esto es un gran logro, pues representa una mayor cobertura.
Para un observador desprevenido sería un incremento astronómico en los niveles de pobreza en el país. La segunda estadística citada es la del monto de la deuda externa del sector privado, el cual en los dos últimos años se mantiene en niveles de US$16.000 millones. Tener deuda no es malo per se. Por el contrario, que no crezca la deuda puede significar desgano por parte de los empresarios o desconfianza por parte de las entidades de crédito. Por último, está la referencia a que la participación del componente externo (US$27.000) dentro de la deuda pública total ha bajado del 50 al 25 por ciento. Aquí sí que la interpretación es muy amañada, pues lo que ocurre es que el componente interno se ha disparado hasta alcanzar niveles de más de $100 billones (stock de TES), equivalentes a unos 50.000 millones de dólares.
Con este manejo de las cifras, el Gobierno y el Presidente estarían aceptando que el padre de la ciencia económica como tal, no sería ni Adam Smith ni Carlos Marx o Lord Keynes, sino el físico Alberto Einstein para el cual en la vida del ser humano y especialmente en economía everything is relative.
Superfluo desear un próspero 2009. Basta con que sea mejor que el que está por terminar.
gpalau@urosario.edu.co
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