Tuve la oportunidad de acompañar al Comandante de la Armada en su saludo de fin de año a los infantes de marina asignados a bases situadas en alejados lugares de este bello país. No solo impresiona ese vasto paisaje que en zonas como el Vichada se extiende como un mar de sabanas sin fin, o ver el río Meta encontrándose con el Orinoco en regiones donde el concepto de frontera puede tener sentido político, pero que en esas sabanas sus habitantes son por encima de todo, llaneros.
Se trata de una Colombia desconocida para la inmensa mayoría, pero imponente y con un gran potencial para el futuro. Allí es que se entienden las posibilidades que tiene, por ejemplo, el transporte, si se aprovechan de manera integrada las importantes vías fluviales que comparten los dos países y, superado ese tema, las posibilidades tan grandes que pueden tener esas grandes extensiones. Pero, además, porque es salida para la Altillanura colombiana que ha comenzado ya su desarrollo.
Todas esas maravillas no pasarían de ser elucubraciones si los violentos de todas las calañas hubieran seguido aprovechándose de la ausencia del Estado y hubieran seguido avanzando por el camino de presentarse como un potencial territorio independiente.
El narcotráfico, por su parte, ha hecho de las suyas en esta Colombia, no solo llevando a cabo actividades de producción, sino como ha ocurrido en otros casos, yendo adelante y empleando todos esos ríos para traficar la droga y las materias primas requeridas para su elaboración, pues aunque hay algunos progresos en materia vial, lo cierto es que en esa inmensidad la opción real de transporte es la fluvial.
Por eso, es tan importante el trabajo de nuestros infantes de marina y de los oficiales y suboficiales navales que seguramente esperaban dedicar su vida al mar y terminan navegando por esos bellos e impredecibles ríos de lo que se denominó, por muchos años, territorios nacionales.
Sin duda, es mucho lo que falta en presencia del Estado en esas regiones, pero a su vez, es bastante lo que se ha avanzado y mucho lo que se le debe a estos hombres y mujeres que dedican 24 horas al día y 7 días a la semana a combatir a los violentos y al narcotráfico pero, a su vez, a formar parte de unas comunidades que se acostumbran a ver a sus fuerzas armadas como parte de ellas.
Esos infantes que visitamos son jóvenes provenientes de muchas zonas del país. Costeños, paisas, bogotanos y vallunos que no solo están cumpliendo con su deber, sino conociendo otra cara de su país, oyendo las historias de sus compañeros y la música de las otras regiones.
Joropo, champeta y rap fueron algunos de los ritmos que en unas pocas horas alcanzamos a oír, al igual que a estos muchachos que reían y gozaban en su celebración de fin de año, pero que no descuidaban su fusil, pues son cosncientes que su responsabilidad es grande y que no es un juego en lo que allí están. Solo de oírles contar sus historias de los compañeros heridos, muertos y lisiados (por fortuna no en épocas recientes) que han tenido que ver en cumplimiento de su deber se entiende lo que les debemos todos a esos buenos colombianos.
rvillavecesp@gmail.com
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