Por fin, al cabo de meses de dar muestras de un agudo caso de sordera ante los clamores de los gremios y el Gobierno, el Banco de la República acordó de manera unánime disminuir en 50 puntos básicos su tasa de interés de intervención, hasta el 9,5 por ciento anual. La decisión tuvo lugar en la reunión sostenida el viernes pasado, la última del año, después de examinar el continuo deterioro en los indicadores que muestran la marcha del sector productivo y el comercio. Tal como dijo el Emisor "la confianza de las familias y de las empresas se ha visto afectada por factores internos y externos, con lo cual es de esperar un bajo crecimiento de la demanda interna". Si a esas circunstancias se le agrega la fuerte crisis internacional es previsible una disminución de las presiones inflacionarias, cuyo desempeño forma parte central del mandato constitucional del Banco.
Ahora lo que viene es un cuidadoso monitoreo de la situación para que, en lo posible, el costo del dinero pueda seguir bajando.
Aunque los economistas advierten que este tipo de medidas tardan varios meses en transmitirse a los usuarios del crédito, es indudable que lo hecho es un paso en la dirección correcta, pues también influye sobre las expectativas. Tal como lo han ensayado decenas de bancos centrales en las más diversas latitudes, el objetivo es animar a los consumidores a gastar y a los empresarios a invertir, con el fin de mover hacia adelante los engranajes de la producción. Dicho lo anterior, no hay garantía de que eso suceda, pues las decisiones de compra de productos o ensanche de instalaciones dependen de múltiples factores y, no se necesita ser un experto para darse cuenta de que 'el palo no está para hacer cucharas', en medio de tanta turbulencia.
Bajo ese escenario, es previsible que la junta del Emisor se tome un tiempo prudencial antes de optar por nuevos recortes. La razón es que la inflación necesita empezar a ceder, al cabo de un año particularmente malo. Aunque eso no necesariamente es fácil en un país en el cual hay una multitud de precios indexados, el cambio del viento es indudable en un par de áreas fundamentales.
Por una parte, el desplome en las cotizaciones del petróleo es de tal magnitud, que al Gobierno le va a quedar imposible justificar que el galón de gasolina les cueste a los consumidores más de dos veces lo que vale internacionalmente. Si bien, parte de la estrategia consiste en reducir la cuenta del subsidio correspondiente al 2008, cuando el barril de crudo estaba disparado, y así pagar menos que los 5,9 billones de pesos apropiados en el presupuesto nacional del próximo año, lo que está pasando equivale a una reforma tributaria velada, sin autorización del Congreso.
Según los estimativos más recientes esa cuenta podría ascender a unos 5 billones, aunque es probable que resulte menor, con lo cual el fisco tendría mayores ingresos y podría sortear parcialmente las disminuciones previstas en el recaudo de impuestos. Sin embargo, un diferencial tan alto resulta injustificable y son necesarias rebajas superiores a los 60 pesos programados en diciembre.
Por otro lado, el costo de la comida debería avanzar más lento. No solo las elevadas alzas que experimentaron los alimentos en el primer semestre son cosa del pasado, sino que la producción interna debería reaccionar a incrementos cercanos al 13 por ciento anual en promedio. Así ocurrió ya en el caso del arroz que tuvo una cosecha récord, y que incluso sería superada el próximo año, con lo cual vendrían las rebajas que este año no se vieron. En medio de ese escenario, resulta clave la política de importación de alimentos, pues hay quienes creen que ciertas decisiones del Ministerio de Agricultura pueden conducir a que los consumidores resulten sacrificados a costa de los productores de ciertos bienes.
No obstante lo dicho, las expectativas en ese frente son favorables. Falta ver, por supuesto, si el Gobierno es capaz de mantener apretado el cinturón del gasto, pues llegado el caso que las necesidades de financiamiento público aumenten, el espacio para que los intereses cambien será poco. Esa es una de las razones por las cuales hay que calificar lo hecho por el Emisor como necesario, pero no suficiente para que todo marche bien. Y es que así como 'una golondrina no hace verano', tampoco un recorte aislado en la tasa de interés augura de manera automática el regreso a la época de 'vacas gordas'.
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