Lo único claro es que va a hacer frío. Esa es la mayor certeza que rodea la ceremonia inaugural de mañana en Washington, cuando Barack Hussein Obama debe tomar posesión como el presidente número 44 en la historia de Estados Unidos. Aunque se ha escrito hasta el cansancio, el evento es realmente histórico. No solo se trata del ya significativo cambio de inquilino en la Casa Blanca, sino que quien llega al cargo es la primera persona de color en la historia de esa nación en lograrlo, menos de medio siglo después de que la minoría negra obtuviera sus plenos derechos civiles.
Como si eso fuera poco, el ex senador por el estado de Illinois tiene sangre africana, un abuelo musulmán y vivió algunos de sus años jóvenes en Indonesia.
Dotado de una inteligencia extraordinaria y de una capacidad oratoria poco común, la expectativa que ha rodeado su ascenso al poder ha sido equiparada a la que generó John F. Kennedy en 1961. Ese es uno de los motivos que explica la llamada 'Obamanía', que tiene su expresión práctica en todo tipo de artículos con la cara del nuevo presidente y en la afluencia esperada de unos dos millones de personas, que quieren ser testigos de la trascendental transmisión del mando en la capital estadounidense.
Pero más allá de esos elementos, es indudable que los ojos del mundo están puestos en este abogado de 47 años. La razón de fondo es que la encrucijada actual es una de las más complejas de épocas recientes. En materia de seguridad, la ofensiva israelí en la Franja de Gaza ha comprobado otra vez que el Medio Oriente es un polvorín siempre a punto de explotar. No menos inquietante es la situación de decenas de miles de soldados de Estados Unidos que llegaron a Irak y Afganistán a ejecutar una misión que parece no tener fin y que aspiran a regresar pronto a sus casas.
Sin embargo, es indudable que la gran preocupación de Obama es la economía. Con la peor recesión de los últimos 80 años y sin que la salida de la crisis parezca cercana, el mandatario necesita actuar de manera rápida y contundente. Por una parte, tiene que evitar los bandazos que diera la administración de George W. Bush, quien cambió tantas veces de posición en torno al manejo de los desafíos, que acabó por confundir a los mercados. Por otra, tiene que sacar adelante su propuesta de reactivación valorada en 825.000 millones de dólares, para que los alivios consistentes en menores impuestos y mayor gasto público se sientan con rapidez.
Y lo más importante de todo es transmitirles confianza a los consumidores no solo en su país, sino en el mundo entero. El motivo es que la avalancha de malas noticias ha sido de tal magnitud, que incluso quienes están bien han optado por la austeridad, con lo cual la contracción de la demanda es mucho más grande de lo que se esperaba. Por lo tanto, hay que convencer al público de que este no es el Apocalipsis y que vale la pena abrir las billeteras de nuevo.
A su favor, Obama cuenta con un Congreso de sólida mayoría demócrata que le asegura una gran gobernabilidad. También ha sido bien recibido su equipo de colaboradores, combinación de caras nuevas y ex funcionarios de reconocida experiencia. Dicho lo anterior, nadie espera que desenrollar la madeja sea fácil, ni que la prosperidad regrese pronto. La perspectiva es que la economía estadounidense se contraiga en cerca de 2 por ciento este año y que el desempleo se acerque al 10 por ciento.
Por su parte, Colombia mira la transición con una mezcla de dudas y esperanza. El motivo es que el Gobierno entrante ha marcado distancia con la administración de Álvaro Uribe, como lo dejó en claro Hillary Clinton durante los debates que precedieron a su ratificación como nueva secretaria de Estado. Aparte de que la cuantiosa ayuda de años pasados será reducida, también es claro que el Tratado de Libre Comercio continúa en el limbo. Esa postura puede ser más flexible en unos meses, cuando las realidades regionales demuestren que al país no se le puede dar la espalda, pero para ello es necesario que Bogotá haga lo suyo y que, por ahora, le desee a Barack Obama éxitos en la titánica tarea que apenas comienza.
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