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Martes 14 de Febrero de 2012

Evitar el proteccionismo...

 No obstante el impresionante crecimiento registrado por la economía norteamericana en los años anteriores a la debacle actual, que llevaron a que el índice de desempleo cayera muy por debajo del 5 por ciento, la mayoría de los moradores del país del norte manifestaban una considerable insatisfacción con el estado de bienestar del que gozaban. Reinaba por ese entonces la sensación de que en esos años las recompensas económicas de la prosperidad no se distribuían en forma justa. Sin duda tenían razón, porque la concentración de los ingresos fue notable como lo demuestra el comportamiento del coeficiente de Gini.

Contrariando toda humana previsión, como diría el sabio, las experiencias de muchos norteamericanos en el mercado laboral contradecían los estudios, y las pruebas bien documentadas de que los mercados competitivos con el paso del tiempo elevaban los niveles de vida de la mayoría de los ciudadanos de ese país y gran parte de los del resto del mundo. Muchos perciben los mercados cada vez más competitivos que son el santo y seña de la economía globalizada de alta tecnología como unos destructores constantes de empleo y esas pérdidas resultaban muy visibles. Los grandes despidos reciben publicidad en los medios de comunicación. Las reducciones de puestos de trabajo en las fábricas y oficinas parecen interminables. Así pues, no es de extrañar que la competencia se vea a menudo como una amenaza para la seguridad laboral. Tampoco se le percibe como creadora de salarios altos.

Con estas observaciones, Alan Greenspan, ventila en su libro el problema que entraña para la sociedad, en general y la economía, en particular, la distribución de la remuneración a la mano de obra. En realidad no resulta reconfortante para un trabajador raso que su salario suba mínimamente, mientras el gerente de la compañía gana multimillonarias sumas. Esa es la discusión que se plantea cuando se trata el tema del salario mínimo y, en general, la política salarial. Pero hay algo más; como la idea que se tiene es que la apertura y, por ende la competencia, son la causa de la 'fijación de topes' a los sueldos, pues son los consumidores quienes en últimas pagan los salarios de los trabajadores -por la vía de los precios de los productos se realiza esta operación-, la solución más expedita es la de obligar a los consumidores a pagar precios por encima de los que resultan dentro de un marco de competencia. Cerrar las fronteras al comercio mediante la elevación de los aranceles o la prohibición para importar, es la manera de hacerlo más rápido.

Como quiera que el discurso en ese sentido tiene gran aceptación y la racionalidad de los argumentos del otro lado no son tan convincentes, siempre existe el peligro de caer en las nocivas prácticas de ponerle el mayor número de obstáculos a la competencia. Si el fenómeno en cuestión está presente en las épocas de prosperidad y de buenos resultados, no hay duda de que en tiempos de recesión y de malos negocios, la situación puede tornarse insostenible, al punto de llevar las cosas por senderos insospechados. Ese es justamente el riesgo en que se encuentra la economía del mundo y, por supuesto la nuestra, que acosadas por las circunstancias resuelvan adoptar el proteccionismo a ultranza como formula de salvación. Eso hay que evitarlo.

rosgo12@hotmail.com

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
21 de enero de 2009
Autor
GABRIEL ROSAS VEGA Ex ministro de Agricultura

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