Desde hace tiempo se sabe que la economía y la política están unidas por un cordón umbilical, pero de tiempo en tiempo la realidad se encarga de recordar que eso es así. No de otra manera se puede calificar lo que le ocurrió al primer ministro de Islandia, Geir Haarde, cuyo gobierno naufragó ayer después de que la pequeña nación resultara damnificada por el colapso de sus principales bancos en septiembre pasado. Como consecuencia, el desempleo en la isla ubicada en el Atlántico Norte se ha disparado y el nivel de la moneda ha caído al piso, amenazando la que hasta hace poco era una calidad de vida envidiable.
También en el mar Báltico suenan vientos de descontento, pues en Letonia y Lituania se han presentado protestas callejeras en rechazo a las medidas de austeridad tomadas como consecuencia de la desaceleración económica. Las cosas no están más fáciles en Grecia, en donde una protesta estudiantil que lleva varias semanas se ha complicado, pues el Gobierno de ese país no tiene cómo responder a las peticiones de los marchantes.
Así las cosas, las cábalas de los especialistas tienen que ver con lo que pueda ocurrir en Alemania, Francia y Gran Bretaña, los países de mayor peso en el Viejo Continente.
En todos los casos ha habido una profunda descolgada de los mercados que ha sido respondida con paquetes de ayuda cuyos alivios todavía están por verse. Sin embargo, los gobiernos de Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y Gordon Brown han mantenido un sorprendente margen de maniobra a pesar del deterioro del sector productivo.
Pero esa calma no durará siempre y los analistas predicen que vendrán los cambios, a menos que la recuperación llegue, lo cual parece cada vez más remoto.
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