Medellín y Antioquia viven desde hace años una tragedia que comienza a dejar muertos. Porque es esa -la de tragedia- la dimensión que tiene el ya casi endémico estado de sus carreteras que bloquean ciudades y pueblos e impiden el desarrollo de esta región vital para Colombia. La última manifestación de este drama lo ha sufrido la población del Valle del Aburrá y de su oriente cercano con un colosal deslizamiento de tierra que dejó fuera de servicio la vía a Las Palmas, la que más rápido y confortablemente conduce al aeropuerto José María Córdova; la que más esperanzas y satisfacciones había generado por cuenta de su muy reciente ampliación a dos calzadas.
A partir de este desastre, el Gobernador de Antioquia, de manera atinada, decidió un cierre de 20 días prorrogables con la ilusión de que en ese término se le ponga fin a la constante amenaza de derrumbes, con los riesgos que implican para la vida humana. La decisión de Luis Alfredo Ramos vino acompañada de una crítica demoledora a uno de los grandes orgullos antioqueños: la ingeniería.
A su manera, el funcionario interpreta un punto de vista cada vez más popular, según el cual en la demora en una solución definitiva a los problemas de la vía a Las Palmas y también a los que han surgido en la carretera hacia el río Cauca, en la que está el flamante túnel de occidente, está implícito un fracaso de la ingeniería antioqueña.
El Gobernador ha tocado así una ciencia que, precisamente en la Antioquia montañera, ha logrado por siglos domesticar la naturaleza. Una ingeniería que fue capaz de dominar los pantaneros que eran Urabá; que ha construido los principales embalses para el suministro de energía eléctrica; que doblegó el espinazo de la cordillera para construir el túnel de La Quiebra, que le dio salida hacia el río Magdalena al ferrocarril, una ingeniería de esos quilates está ahora en el ojo de la crítica por lo que ha ocurrido con carreteras vitales que parecen no quedar terminadas nunca.
En respuesta, el presidente de la Cámara Colombiana de la Infraestructura, Juan Martín Caicedo, se vino con un fuerte ataque a la manera de realizar proyectos como el mencionado. Dijo Caicedo que el fracaso de Las Palmas no es imputable a la ingeniería nacional ni departamental, sino a la irresponsabilidad de los gobiernos, y en este caso al regional, "que, en aras de apurar los trabajos, exigen a los contratistas trabajar con diseños y presupuestos 'michicatos' que no prevén suficientes obras para la estabilización de taludes".
Como es de imaginar, la polémica va más allá de un caso puntual. En momentos en los cuales aparecen millonarios planes para darle impulso a la economía y para lograr romper cuellos de botella innegables en materia de competitividad, lo fundamental es que las cosas queden bien hechas. Nadie pone en duda que la geografía nacional, con sus tres cordilleras y sus abundantes fallas geológicas, sea particularmente desafiante. Pero precisamente porque se trata de doblegar los retos de la naturaleza al cabo de décadas de espera, es que hay que velar porque la calidad de lo ejecutado sea prioritaria. De allí que también resulte inquietante otro cuestionamiento hecho por Caicedo, quien advirtió la preocupación de su gremio en el sentido de que las previsiones del Gobierno puedan ser afectadas negativamente por las deficiencias de los pliegos licitatorios de los corredores arteriales de competitividad que adjudicará el Invías en las próximas semanas, por un valor de 2,5 billones de pesos.
El desafío, pues, está servido. Pero no solo para la ingeniería -de cuya capacidad la historia está encargada de catalogarla como una de las más importantes de Colombia-, sino para los sistemas de contratación de las carreteras, para los tiempos de las obras públicas, para las especificaciones de las vías, para los adjudicatarios, para los interventores. Todo y todos los que tiene que ver con estas carreteras debe someterse al análisis público. Y ese escrutinio debe hacerse de manera desapasionada y especialmente con mirada de lince que permita encontrar ya las soluciones, antes de que regrese la tragedia.
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