Que una de las economías más sólidas del mundo haya sufrido el último trimestre una contracción equivalente a más del 12% anual, constituye una contundente ilustración de lo que los economistas llaman contagio.
Habiendo aprendido las lecciones de la década perdida de los 90, durante la cual, la economía japonesa estuvo sumida en una prolongada depresión como resultado de su crisis financiera, el sistema financiero japonés venía aplicando estándares de control de riesgo que lo protegieron de sufrir el grado de contaminación por 'activos tóxicos', que afecta los balances de los sistemas financieros americano y europeo. Sin embargo, tanto ellos como las economías más avanzadas en aplicar la receta de los economistas de que para crecer es necesario exportar (Alemania y Singapur), han sufrido severas contracciones.
Este es un caso del mecanismo de contagio por nexos reales o comerciales, es decir, de propagarse la crisis por caídas en los flujos de exportaciones a países cuyas economías han sufrido el impacto de la crisis financiera.
El otro nexo conductor del impacto de la crisis es el financiero, en el cual se combinan varios procesos: la interrelación entre los balances de las instituciones financieras erosionados por el peso de los 'activos tóxicos'; la consiguiente parálisis del crédito interbancario por la desconfianza de los banqueros en la capacidad de otras instituciones de repagar sus deudas; y el racionamiento crediticio al sector real como resultado de la reversión de las expectativas de los banqueros, que los condujeron a prestar en forma imprudente.
Así opera el carácter autorrealizante de las expectativas de los agentes económicos: a todos los niveles (economías nacionales, grupos financieros y conglomerados, firmas), la reversión de las expectativas de los banqueros de manera que su nueva sensibilidad, el riesgo, los conduce a pasar de comportarse en forma poco prudente a excesivamente prudente, puede implicar que, incluso a pesar de que la unidad económica (país, grupos, firmas) sea viable en términos operacionales, deje de serlo por razones de iliquidez financiera, con lo que el círculo vicioso del deterioro financiero -colapso real- se profundiza.
Consideremos dos aspectos que explican la potencia con que el contagio se trasmite por la vía financiera.
1. Las transformaciones cualitativas y cuantitativas de los mercados de capitales, y la consiguiente imbricación de sus componentes, determinan una conducción muy ágil de las percepciones del riesgo. Por una parte, el sistema financiero viene sufriendo una transformación hacia una estructura en la que, paradójicamente, la prioridad de su función de manejo de riesgo (sobre la tradicional de trasferencia de recursos a la inversión y correspondiente acopio/procesamiento de información sobre la actividad económica) ha resultado, con la explosión en los instrumentos derivados, en una estructura más riesgosa, tanto por la correspondiente importancia de la especulación como por el potencial de contagio a nivel sistémico.
Por otra parte, la imbricación entre los segmentos del mercado de capitales, en este caso el canal de transmisión de papeles respaldados por activos en el segmento subprime del mercado hipotecario -productos titularizados- productos crediticios y mercado bursátil, ha hecho que los problemas en el punto de partida de la cadena de transferencia de riesgo se difundan a todo lo largo de ésta, provocando colapsos en estos últimos segmentos que proveen liquidez a la actividad económica real. Como lo resumía en columna anterior, el sistema financiero no sólo profundiza las crisis en el sector real, sino también las causas, generando colapso económico por la vía de la reversión de las expectativas de los banqueros, el contagio y el colapso crediticio.
2. El grado de integración de la economía global y la forma como los mercados nacionales, de bienes y de capitales, se encuentran integrados entre sí por la vía de los respectivos flujos globales, hace que estos mecanismos de contagio operen a nivel trasnacional. El punto es que, como lo ilustra la crisis japonesa, este contagio tiene lugar independientemente de la solidez de la economía que lo sufre. En esencia la actual crisis es el resultado de la forma como economías anglosajonas venían viviendo del crédito de los asiáticos, es decir, que sus desbalances venían siendo financiados por el ahorro de los asiáticos.
Esto en combinación con la mencionada transformación del sistema financiero de un sistema de trasferencia de recursos a un sistema de transferencia de riesgo mediante el uso generalizado de derivados, condujo a una estructura financiera internacional altamente vulnerable, comparada a la de un tornado en la que la cadena de derivados adquiría una dinámica implosiva.
¿Cómo es posible que una vez más la profesión económica haya desatendido los llamados de Keynes y sus seguidores, en su empeño de moderar la euforia del mercado financiero resultante de la combinación de una percepción del riesgo, distorsionada por esa euforia con el doctrinarismo de los mercados libres?
Repetidamente, economistas poskeynesianos y neokeynesianos (entre ellos Stiglitz y Krugman), han desarrollado argumentos para mostrar cómo diversos problemas ligados a la información asimétrica determinan fallas severas de los mercados financieros. Cada crisis con sus enormes costos económicos y sociales, entre los que los de la actual pasarán a la historia entre los más protuberantes, pone de manifiesto estas fallas y la ausencia de una fundamentación para la fe en la eficiencia de los mercados financieros que subyace a ese doctrinarismo.
Desde luego, uno de los aspectos más chocantes de los mencionados mecanismos de contagio es esa capacidad para transmitir sus costos, más allá de sus responsables. Mas allá de los escandalosos niveles de remuneraciones que vienen recibiendo los ejecutivos financieros por cuyas decisiones imprudentes pagan vastísimos sectores de la población mundial, la estructura económica de la globalización financiera determina externalidades potentísimas, de manera que los costos tengan un carácter sistémico que no reconoce ni fronteras nacionales ni estratificaciones sociales.
Se trata de un caso de falla de mercado y de coordinación, y de falla gubernamental y regulatoria. Falla de mercado, porque contra lo que se espera a nivel conceptual el sistema financiero no transmite la información relevante para la toma de decisiones, más aún, en casos muy relevantes para la situación actual, la oculta. Falla de coordinación, porque estrategias microeconómicas racionales se tradujeron a nivel sistémico en desbalances y estructuras excesivamente riesgosas, proclives al colapso.
Falla gubernamental, porque en los países anglosajones las autoridades monetarias se sentaron a festejar los volúmenes excesivos de gasto público y privado financiado con ahorro externo (asiático). Y falla regulatoria, porque las respectivas autoridades compraron el mito de la autorregulación y de la disciplina de mercado de vastos y crecientes segmentos de los mercados financieros que en efecto significaron no regulación y no disciplina en absoluto.
Hace 10 años en la discusión sobre arquitectura regulatoria internacional que siguió a la crisis asiática se retomaron los planteamientos de Keynes en la dirección de regular lo que él describía como actividades de casino y de lo absurdo de dejar a éstas la tarea de la acumulación de capital y el poder sobre el empleo, y el bienestar de decenas de millones de personas.
¿Podrán conducir los actuales llamados a un segundo Bretton Woods, generar una arquitectura institucional y regulatoria del sistema financiero consistente con el carácter global sistémico de las mencionadas fallas de mercado, de coordinación, gubernamental y regulatoria?
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