Parecen dos realidades diferentes. Al tiempo que los mercados de valores en el mundo siguen de capa caída y que la acción del Citigroup bajó a cercanías de un dólar, después de haber estado por encima de los 27 hace apenas unos meses, la economía colombiana recibió dos buenas noticias. La primera fue la confirmación de que la inflación mantuvo su curso descendente en febrero, tal como lo informó el Dane en la noche de ayer. Aunque hay analistas que esperaban una declinación más aguda, lo ocurrido abre la posibilidad de nuevas reducciones en la tasa de interés para apuntalar el comportamiento de la demanda interna.
Pero más llamativo quizás, fue el resultado de los establecimientos de crédito en enero, con un aumento en las utilidades del 35 por ciento frente a igual periodo del 2008. Esa es una comprobación adicional de que, a pesar de la desaceleración, las entidades financieras siguen sólidas, con lo cual las previsiones para los meses que vienen son menos oscuras que en otras latitudes.
Factores como los anotados son los que contribuyen a explicar por qué buena parte de los expertos siguen creyendo que el Producto Interno Bruto colombiano tendrá una evolución aceptable en el 2009. Si bien la cifra promedio que nace de las proyecciones de las más diversas entidades especializadas es de apenas 2 por ciento, ese pronóstico no solo supera ampliamente el 0,3 por ciento calculado por el Banco Mundial para América Latina, sino que tiene signo positivo. En contraste, Estados Unidos, Japón y buena parte de Europa se enfrentan a una contracción, la más fuerte desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
¿Quiere decir eso que el país va a salir indemne de la crisis? En absoluto. Tal como lo reflejó el aumento de la tasa de desempleo en enero, hay una indudable pérdida de ritmo en la actividad económica, especialmente si se le compara con épocas recientes de auge. No obstante, junto con la aparición de más luces de alarma en el tablero de control del sector productivo, no existen señales de que la nave esté en peligro de naufragar, a pesar de las aguas turbulentas en que se mueve.
Es cierto, por ejemplo, que los exportadores de confecciones han registrado una dramática disminución de sus pedidos, que en los casos de quienes estaban concentrados en el mercado norteamericano llegan hasta el 70 por ciento de su producción anual. Pero también es verdad que algunos han logrado compensar parcialmente ese golpe, gracias al mercado interno, pues la fuerte devaluación del peso los ha hecho mucho más competitivos frente a los productos importados.
Por otro lado, tanto la evolución de las ventas en las grandes cadenas, como del sector de alimentos, reflejan crecimientos que son satisfactorios en las actuales circunstancias. Si bien encuestas como la hecha entre los consumidores por Fedesarrollo muestra que ahora hay menos apetito para adquirir bienes durables como vehículos nuevos o vivienda de todo tipo, también indican que en enero había más optimismo que en diciembre. Esa mejora en las percepciones no es nada despreciable, sobre todo si se tiene en cuenta que la sicología tiene mucho que ver en la profundización o aminoración de las crisis.
A la luz de lo sucedido, resulta fundamental enviar las señales correctas. Estas no consisten en pretender desconocer una situación compleja, sino en insistir con argumentos que hay maneras de progresar en medio de la tormenta. Uno de los mejores mensajes sería el de concretar con hechos las promesas hechas en materia de desarrollo vial. También hay que resaltar el despegue en los programas de inversión pública por parte de los municipios, que pueden ayudar a contrarrestar la baja dinámica del mercado laboral.
En ese sentido, es clave que siga fluyendo el crédito, descrito como la savia que permite que crezca el árbol de la economía.
Aunque hay menos apetito para endeudarse, como lo muestra la evolución de los diferentes tipos de préstamos, el nivel de desembolsos alcanzado en enero, que fue de 20,7 billones de pesos, confirma que hay una relativa normalidad en ese frente.
Sólo hace falta que, si continúa la disminución en el costo del dinero, haya nuevos alicientes para seguirle apostando a un país que, esta vez, va mejor que los demás.
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