Puede sonar prematuro, pero los más diversos especialistas coinciden en que la debacle económica que azota al planeta ya tiene un claro ganador: China. Es cierto que incluso la velocidad de la locomotora industrial en la nación más populosa del mundo ha descendido y que el fantasma del desempleo también recorre ciudades como Hong Kong y Shanghai, pero las cifras más recientes dejan en claro que, como pocos, los chinos han puesto en práctica ese precepto que dice que toda crisis es una oportunidad.
Así ha sido demostrado en múltiples casos en los cuales miles de millones de dólares en activos han sido adquiridos por compañías de la nación oriental, en todos los confines del globo. Por ejemplo, Chinalco duplicó su participación en Río Tinto, uno de los conglomerados mineros más grandes, que tuvo problemas de liquidez debido a la descolgada en el precio de los productos básicos. En otro frente, la empresa estatal de petróleo le ha hecho enormes préstamos a Rusia y a Venezuela, a cambio de contratos de largo plazo para el suministro de crudo. Incluso Petrobras, cuyos resultados son envidiables, recibió un crédito de 10.000 millones de dólares de un banco estatal chino, que podría ser pagado en especie.
La lógica detrás de tales apuestas es una sola. A pesar de que la época parece lejana, fue tan solo hace un año que el cuello de botella en el mercado de materias primas llevó a un crecimiento descomunal en las cotizaciones internacionales de bienes como el carbón, el acero o los alimentos. Dicha situación de estrechez podría volver en un tiempo relativamente cercano, una vez la economía mundial recupere su senda de crecimiento. En consecuencia, China quiere asegurarse de que no tendrá problemas para abastecerse, aun si los precios de los minerales o de la comida se van a la estratosfera. Ese es uno de los motivos por los cuales los convenios que ha firmado tienen cláusulas de cantidad y valor. Dicho de otra manera, no solo la llegada de una serie de insumos fundamentales está garantizada, sino que hay una especie de seguro en contra de una eventual inflación.
Y eso no es todo. Cada vez crece más el rumor de que Pekín podría estar buscando inversiones para su industria automotriz, aprovechando que hay tanta ensambladora en problema. Otras compañías, en ramos manufactureros diferentes, estarían siendo objeto de análisis por parte de una nación que descubrió que puede dar un salto tecnológico descomunal, si tiene dinero en el bolsillo. En consecuencia, según la firma Dealogic, las inversiones chinas en el extranjero, que fueron de 52.100 millones de dólares en el 2008, ascendieron a 16.300 millones en el primer bimestre del presente año. Ese paso implica no solo duplicar el esfuerzo hecho, sino ir en contravía de la tendencia mundial de menores flujos de capital.
Lo anterior no quiere decir que vaya a presentarse una orgía de compras en todos los sectores, tal como los japoneses que se quedaron con la torre de Chrysler en Nueva York o los millonarios rusos que adquirieron equipos de fútbol en Gran Bretaña. En este caso todo será más discreto y coordinado, con un propósito fundamental: asegurar que la tercera economía más grande del mundo llegue al primer lugar cuanto antes.
Esa meta no solo es posible sino cercana. Una razón clave es que mientras el mundo desarrollado va para atrás, China sigue hacia delante. Es cierto que las espectaculares tasas de crecimiento de dos dígitos parecen lejanas a la luz del 6 por ciento de aumento en el PIB proyectado para este año, pero aun esa cifra es mucho mejor que la contracción del 2 por ciento pronosticada para Estados Unidos. Además, todo indica que el paquete de estímulo fiscal que no ha sido puesto en marcha por Washington, está caminando detrás de la Gran Muralla. Por ejemplo, la tasa de inversión interna en el primer bimestre fue 30 por ciento más alta que en igual periodo del año pasado, mientras que los desembolsos de crédito bancario son superiores a los del 2008.
Eso no quiere decir, por supuesto, que los chinos hayan salido indemnes de una crisis en la que han visto caer sus exportaciones y subir la desocupación, pero no hay duda de que, cuando vuelvan las vacas gordas, van a pastar al otro lado del Océano Pacífico.
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