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Domingo 27 de Mayo de 2012

El silencio en los momentos de crisis

Corría el año 1965 cuando mi familia entró en crisis. Vivíamos en una finca cerca a Cali y el campero Land Rover recién comprado se lo robaron una noche mientras mis padres, que salían muy poco, estaban en una comida.

Como suele ocurrir, el carro robado nunca apareció, pero la deuda seguía viva. Al robo se le sumó un problema de papeles que obligaron a mi papá a devolver los dineros recibidos en pago por el viejo jeep.

En fin, tocó dejar la finca, arrendar de afán un apartamento en Cali, abandonando un estilo de vida que en un par de semanas se fue al carajo.

Esta situación que no es ni mucho menos inusual, para mi papá, un oficial de la Armada en uso de buen retiro, fue como si se le hubiera acabado el mundo. Lo recuerdo callado, sentado horas y horas en un sillón en su cuarto.

Su silencio era ominoso, mucho más duro que cualquier queja expresada en alta voz. Ese silencio nos metió, al resto de la familia, de lleno en la crisis, pero sin posibilidad de participar en la misma, de buscarle entre todos una salida. El Almirante había decidido cargar solo ese piano.

Hoy vivimos una crisis financiera global, profunda y que afecta a millones de familias de todos los niveles en todas o casi todas las naciones del mundo. La tentación de afrontarla solos, en silencio, asedia a miles de presidentes y directivos de compañías.

En momentos como estos, donde en muchas empresas no hay buenas noticias para comunicar, el sofá y el silencio parecen ser buenas alternativas, mientras ocurre algo que devuelva las cosas a su cauce normal.

Si en épocas de normalidad la gente quiere, necesita saber, en medio de la crisis esta necesidad se dispara. Las personas quieren saber qué está ocurriendo en el mundo, cómo afecta su industria y su negocio, qué va a pasar con su empleo. Pero no es solo una actitud pasiva; al igual que nosotros, los hijos en el año 65, quieren, necesitan ser parte de la solución.

Quieren entender qué tienen que hacer para enfrentar la crisis, para que la empresa la sobreviva y, porqué no, aproveche las oportunidades que también trae la crisis para salir fortalecida.
Liderar esta crisis exige no ceder a la tentación del silencio. Es un momento que requiere hablar mucho con la gente, con toda la gente que conforma la empresa moderna. Con los directivos, con la gerencia media, con los empleados, con los proveedores, con los clientes. Pues todos viven diferentes angustias y todos pueden aportar perspectivas distintas a una crisis que es la 'madre de todas las crisis', como la definió Enrique Iglesias en una conferencia reciente.

La conversación y el tono de la misma difieren de industria a industria, de empresa a empresa, de gerente a gerente. Algunos, los más positivos, lo harán en el tono de los socios de Frutiver que han abierto dos nuevos almacenes en Bogotá y que, como dijo uno de ellos en una entrevista radial reciente, "saben que hay una crisis a nivel mundial, pero han tomado la decisión de no participar en ella".

Otros como Telefónica -mi empresa hasta hace un par de meses- convocaron a sus 500 directivos más importantes de América Latina en Punta del Este para revisar la situación actual y discutir el rol decisivo de las operaciones latinoamericanas en este momento de la organización.

Otros, los más afectados, lo harán en un tono más grave acorde con la situación que viven y con las reales perspectivas que enfrentan.

Pero todos, independientemente de su condición, deben hacer de la comunicación una de sus prioridades para enfrentar exitosamente la crisis.

Esta comunicación puede hacerse utilizando los distintos medios que nos brinda el mundo moderno: reuniones individuales o masivas, reuniones virtuales, carteleras, intranet, correos electrónicos, entre otras.

El uso de uno u otro medio dependen de la cultura de la empresa, del acceso de los empleados y de terceros a los medios de comunicación, del nivel de avance tecnológico de unos y otros.

Pero, cualquiera sea el caso, siempre debe darse prioridad a las reuniones presénciales, donde el líder de la organización dé la cara y donde pueda ver la cara de su gente.

Estas reuniones, especialmente en una cultura como la nuestra son mucho más eficaces que las que se realizan a distancia donde la gente no puede ver el rostro del otro ni sentirse partícipe de lo que se comunica.

Las empresas tienden a confundir comunicación con información.

La información es de una sola vía, normalmente de arriba para abajo. La comunicación, que busca involucrar a todos como actores de la crisis, tiene que ser de doble vía: de arriba abajo y de abajo arriba. Solo así la gente va a involucrarse en el problema, a hacerlo suyo y a trabajar desde su posición y desde su función en la solución.

La crisis familiar del 65 pasó, el viejo Almirante salió del silencio y pudimos, con los años, construir con él una relación mucho más cercana.

Pero, todavía hoy pienso que desaprovechamos en ese entonces una gran oportunidad para haber iniciado un diálogo más profundo y para haber encarado la solución a un problema que nos concernía a todos. 

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
1 de abril de 2009
Autor
JUAN ANTONIO PIZARRO. Consultor

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