A finales del año pasado, cuando la crisis financiera internacional estaba en plena explosión, los inversionistas dirigieron sus miradas -y recursos- hacia el oro, el metal precioso que a lo largo de la historia ha servido como valor refugio en medio de las turbulencias económicas.
Y es que para los inversionistas el oro aparece como un oasis de seguridad, en momentos en que los precios de las acciones y de la vivienda van en caída libre.
A principios de la semana pasada, el precio de la onza troy de oro en el mercado de Nueva York llegó a su nivel más bajo en casi dos meses, debido a que los mercados bursátiles de Europa y Estados Unidos presentaron un mejor comportamiento, llamando la atención de los inversionistas.
Además de esta explicación, el bajonazo responde también a otros factores. El brillo del metal precioso ya no encandila lo suficiente a los inversores debido a que el metal no es un bien que ofrezca gran liquidez, una necesidad primordial para muchas personas.
Por otra parte, está el regreso del apetito por el riesgo de los inversionistas. El buen desempeño de los mercados de renta variable, ha hecho que el oro pierda en parte su atractivo. Para los inversionistas ya no es tan buen negocio guardar lingotes si saben que con un poco de valentía pueden obtener mayores ganancias.
Esta señal se puede entender como un mensaje que dice que la crisis internacional ya superó su cúspide, o al menos así lo consideran quienes prefieren volver a arriesgar en los mercados de valores antes que aferrarse a la seguridad del oro.
Así las cosas, la caída de las cotizaciones del metal precioso se puede entender como un guiño de confianza por parte de los inversionistas. Los días en que la onza troy llegó a cotizarse por encima de 1.000 dólares parecen ahora más lejanos.
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