La Academia de Historia de Cundinamarca, la Sociedad Bolivariana de Colombia, el Centro de Historia de Zipaquirá y la Casa de la Cultura Arturo Wagner, han querido conmemorar con diferentes actos los 100 años del nacimiento de Manuel José Cárdenas Rojas, mi padre, quien fue un insomne defensor de los intereses de Zipaquirá y del Departamento de Cundinamarca. Su extensa vida pública en las tres ramas de la administrativas lo llevó, entre otros cargos, a ocupar la presidencia de la Cámara de Representantes, que estuvo dedicada a la defensa de los intereses de la región, para lo cual hizo uso de la historia, la poesía, la acción política y administrativa, la enseñanza y el ejercicio del derecho público.
A lo largo de su vida reclamó una participación del municipio de Zipaquirá en la explotación de la sal, derecho que por muchos años se le negó, a pesar de que desde los tiempos borrosos de la prehistoria había sido el centro del imperio Chicha, y que con el producto de la sal se había contribuido a la Independencia. Durante la República el producto de los impuestos a la sal sirvió para sostener las arcas fiscales de la nación, llegando inclusive a garantizarse en 1933, con las minas terrestres de sal, el empréstito que el Gobierno de Olaya Herrera obtuvo para la defensa de la soberanía nacional en el conflicto con Perú. Su tesis era que en todas las obras de progreso del país, Zipaquirá había colaborado con un grano de sal, tesis ratificada por Alberto Lleras Camargo, cuando afirmaba que con la sal de Zipaquirá se bautizó la República.
Fue un defensor del municipio, que consideraba como la célula básica de la sociedad, y estimaba que la supuesta descentralización administrativa de la Constitución Política del 86 había terminado en Colombia con la vida municipal y departamental.
Esta situación se agravó con la expedición del Acto Legislativo primero de 1945, que consagró un régimen excepcional de participación de Bogotá en el presupuesto de Cundinamarca, que no tenía entonces ninguno de los departamentos del país respecto a su capital. Ello produjo una discriminación a favor de Bogotá en perjuicio de la provincia cundinamarquesa, provocando lo que él denominaba gráficamente el crecimiento acromegálico de la primera en perjuicio de la segunda.
Mi padre murió en 1986, y no le correspondió vivir el proceso de globalización mundial ni los cambios políticos e institucionales que se han operado en los últimos años, pero no tengo duda de que se habría visto complacido con ellos, porque le hubieran servido para reafirmar sus argumentos y reajustarlos a las nuevas realidades.
En primer lugar, la Constitución del 91 reconoció expresamente a los departamentos y municipios, en cuyo territorio se adelante la explotación de recursos naturales no renovables, el derecho a participar en las regalías. En segundo lugar, el proceso de globalización ha traído transformaciones fundamentales en la concepción del Estado, en virtud del cual las entidades territoriales han adquirido una nueva autonomía y el derecho de valerse por sí mismas. Estas nuevas tendencias fueron recogidas tímidamente en la Constitución del 91, al reconocerse la autonomía de las entidades territoriales, previéndose, inclusive, que dos o más departamentos puedan convertirse en región. En esta forma las relaciones entre Bogotá y Cundinamarca han cambiado y se visualiza la necesidad de avanzar en el proceso de integración regional de las mismas. El documento 3256 del Consejo Nacional de Política Económica y Social (Conpes) apunta en esta nueva dirección.
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