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Miercoles 15 de Febrero de 2012

Seúl se convirtió en una ciudad con un moderno caos asiático

Cerca de la mitad de los 50 millones de coreanos vive en el área metropolitana de Seúl, un gigante luminoso que se extiende entre montañas a tan solo 60 kilómetros al sur del régimen comunista de Pyongyang, uno de los más opacos del planeta.

Seúl, centenaria capital de Corea hasta que la guerra civil partió al país en dos a principios de los años 50, esconde rincones únicos, en parte debido al rapidísimo crecimiento urbanístico de una ciudad refundada tras el conflicto y convertida en olímpica en 1982.

La capital surcoreana es una muestra del crecimiento económico que, desde hace 25 años, ha experimentado el país y que vino acompañado por democratización y revolución cultural.

Hoy Seúl es un mar de edificios, salpicados por lo que queda de las reliquias del pasado, como el palacio real de Gyeongbuk, la villa tradicional de Namsan Hanok o la puerta de Namdaemun -hoy en periodo de restauración-, que fue objeto de luto nacional en el 2008 cuando un pirómano la redujo a cenizas.

En esta ciudad apenas hay nombres de calles y las referencias se convierten en un elemento esencial de la orientación por la ciudad.
Con este fin, los edificios se han convertido en grandes señales y los letreros luminosos bombardean a una ciudad vertical cuando cae la noche.

Lo primero que sorprende cuando se recorren los 70 kilómetros que separan el ultra-moderno aeropuerto de Incheon y Seúl, es la vista de los monolíticos edificios de apartamentos con grandes cifras rotuladas en su fachada junto con la firma de la empresa constructora.

Los símbolos de los grandes conglomerados surcoreanos, Samsung, LG, Hyundai o Daewoo, acompañan al visitante todo el tiempo, ya que también son constructores, promotores inmobiliarios y un largo etcétera de actividades que le pueden llevar a conducir un coche Samsung o hablar desde un teléfono Hyundai.

El centro de la ciudad lo marca el ayuntamiento, conocido como Sichong, un edificio de la época de la ocupación japonesa alrededor del cual se agrupan antiguos templos y palacetes ensombrecidos por imponentes rascacielos y lujosos hoteles.
La ciudad se divide en dos mitades al paso del caudaloso río Han.

El sur, con las lujosas zonas de tiendas y modernas oficinas de Gangnam y Apjujeong; y al norte, donde se ubica el palacio presidencial y los ajetreados barrios de Jongno, Hongdae o Chungmuro.

La historia de la ciudad se lee en clave bélica, ya que desde el comienzo del siglo XX la ocupación japonesa, y posteriormente la Guerra de Corea, cambiaron por completo la urbe, aunque eso no ha podido con el carácter abierto y bullicioso de los seulitas.

En barrios como el universitario Hongdae, es obligatorio visitar el omnipresente karaoke, aquí llamado norebang, donde pandillas de adolescentes y otros no tan jóvenes se reúnen en habitaciones privadas a cantar sus temas favoritos, entre juegos de luces y ensordecedores acompañamientos.

La manera de ser de los coreanos ha llevado a sus vecinos asiáticos a llamarlos los latinos de Asia, algo que en cierto modo es verdad, sobre todo al recorrer las calles del centro de Seúl, una ciudad que no duerme y que presume de una incansable vida nocturna.

También es recomendable perderse en el bullicio de los esquizofrénicos barrios seulitas como Sinchon, donde se puede disfrutar de los numerosos restaurantes de barbacoa o de pescado crudo (hue).

A pesar de lo que se piensa, la carne de can no es ni mucho menos popular entre los surcoreanos, que prefieren otros platos como el kimchi (col fermentada) con grandes dosis de gochoojan u otro tipo de aditivos demasiado picantes para paladares neófitos.

Publicación
portafolio.co
Sección
Otros
Fecha de publicación
24 de abril de 2009
Autor
EFE.

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