El arribo en mayo del Papa Benedicto XVI a Tierra Santa será el reencuentro de dos teocracias, la del Estado del Vaticano y la del Estado de Israel, cuya relación arrastra cuentas pendientes de un pasado borrascoso. Aunque su proceso de creación fue distinto, el Estado Pontificio y el Judío son los únicos del planeta, con la República Islámica de Irán, que remiten su origen a la voluntad divina, lo que les ha llevado a asumir posturas a veces irreconciliables. La última fricción se produjo esta semana durante la Conferencia Contra el Racismo organizada por Naciones Unidas en Ginebra, donde se escenificó de nuevo el profundo recelo que subsiste bajo las buenas palabras entre ambos estados. En Israel se había cuestionado la presencia del Vaticano en la cita, boicoteada entre otros países por el Estado Judío en previsión de que se convirtiera en foro privilegiado para un negacionista del Holocausto, el presidente iraní, Mahmoud Ahmadineyad. Y en Israel no ha pasado desapercibido que mientras las delegaciones europeas abandonaban la sala cuando Ahmadineyad acusaba de racismo al Estado Judío, la vaticana no se movió del lugar. El detalle se suma a las polémicas que han estado cerca de echar por tierra el proyecto de viaje del Pontífice. La principal controversia giró en torno al personaje del Papa Pío XII, al que en Israel se acusa de no haber hecho nada para evitar el genocidio judío en la II Guerra Mundial y a quien la Santa Sede ha abierto un proceso de beatificación previa a elevarlo a los altares. Tras las críticas judías, Benedicto XVI ha detenido temporalmente ese procedimiento sin que la decisión haya servido para que se retirara la placa que figura en el Museo del Holocausto de Jerusalén, y en la que se denuncia la pasividad de Pío XII durante la matanza. El Vaticano había solicitado la retirada de la placa antes de la visita del actual Papa, quien durante su estancia recorrerá el Museo del Holocausto pero eludirá pasar por el sitio donde se recuerda la presunta falta de acción de su predecesor. En Israel también se había seguido con preocupación el levantamiento de la excomunión al obispo de nacionalidad británica Richard Williamson, del sector ultraconservador lefebvriano, y que como Ahmadineyad niega el Holocausto. El Vaticano ha censurado al obispo negacionista y le ha pedido que reconsidere su postura, pero se ha abstenido de volver a excomulgarle en aras de garantizar la reincorporación de los lefebvrianos en el seno de la Iglesia de Roma. La sensibilidad permanece a flor de piel en declaraciones y gestos pero más calado tiene la discrepancia entre ambas teocracias para una normalización completa de sus relaciones. Tras una espinosa negociación que duró lustros, el Vaticano e Israel establecieron en 1993 relaciones diplomáticas. El acuerdo se alcanzó de manera tardía; más de cuatro décadas después de la proclamación en 1948 del Estado Judío y transcurridas tres desde que la Iglesia Católica exculpara en 1963 a los hebreos de la muerte de Cristo.
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