El calendario apremia. El gambito de la reelección ha tropezado con una cerrada defensa. Arrecian las andanadas contra Álvaro Uribe. Llueve plomo: artillería de flanco, artillería togada, artillería al bulto. Es blanco de misiles de todos los calibres y de garrote con mazo de guayacán, pero daría la impresión de que le 'cascan' más por sus tics que por sus yerros, inevitables en siete años de Gobierno.
A don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena ante el ataque pirata en 1697, le recuerda la acerba campaña contra el Conde-Duque de Olivares, el valido, quien tuvo nada menos que habérselas con la envenenada pluma de Quevedo en tiempos de Felipe IV (1621-1665).
A Uribe lo acusan de monarca obscurantista, de amedrentar a sus contradictores, y de inhumano, autosuficiente y populachero. Y eso sin contar los adjetivos que suben de color. Sus años en el poder y la amenaza de que se prolonguen enceguecen a viudos del mando y a los que hasta ahora no han saboreado sus mieles. Los inspira la antipatía por el personaje, no el balance de su mandato. Le apuntan al estilo no a la sustancia. A la oposición, obsesionada, se le ha perdido la bitácora y desnuda sus propias debilidades, sobre todo en la oposición que por simpatía ideológica con la guerrilla vacila en condenar sus métodos. Fuetea a Uribe pintándolo como desea que lo perciban, en vez de apuntarle a lo que ha dejado de hacer.
Epítetos no van a separar de su alianza a los que admiran al Presidente. Los inclinados a reelegirle reaccionan en contra de insinuaciones falaces sobre la efectividad de la Seguridad Democrática. Y poco les importa el cerrado círculo de colaboradores que se especializa en balancear el botafumeiro y envolverle en un vaho de incienso. Para resquebrajar su popularidad habría que golpear donde duele.
Gobernar desgasta. Evidencia las costuras del traje mejor cortado. Vale por lo tanto preguntar donde están las viviendas de interés social o por lo menos los refugios para centenares de miles de desplazados que se hacinan en la periferia de las ciudades. El inventario es magro, con más anuncios que techos.
El tema vías ha sido una enorme frustración. Carreteritas mal terminadas en vez de las grandes autopistas indispensables para un salto en productividad. Se desperdició por impericia una oportunidad única en la historia de Colombia de acceder a recursos, baratos y abundantes, para tapizar el país de corredores por concesión.
Mucho se podría destapar sobre el sistema de salud que boquea no por falta de plata, sino por corrupción y mora en reformar la Ley 100, o poner en evidencia el vergonzoso retraso colombiano en suministro de agua potable, de nuevo no por carencia de recursos, sino por incuria del Gobierno Central y los entes territoriales.
Con la pacificación y el ímpetu de la economía mundial Colombia creció, pero no mucho más que sus pares. Y no ahorró para, sin angustias fiscales, aplicar ahora políticas contracíclicas. Se diseñaron mecanismos reñidos con la teoría económica para estimular inversiones.
Con el régimen de impuestos convertido en rompecabezas se viene el inevitable ajuste con la prórroga del pernicioso impuesto patrimonial, condenado por antitécnico en todos los textos de economía.
Los adversarios de Álvaro Uribe le prestarían un servicio al país si salieran de la ofuscación y en vez de abrumarlo de improperios le prestaran estudiosa atención a señalar carencias tangibles.
rsegovia@axesat.com
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