Últimas Noticias de Economía y Negocios de Colombia y el Mundo

Martes 14 de Febrero de 2012

'No es que Pepe no apriete'

Mataron a 'Pepe'. Lo rastrearon por entre los charcos en las planicies del Magdalena Medio. Sus perseguidores, miembros de algún club de caza y tiro y dignos émulos de Helmuth Bellingrot, el primer, y dos veces, medallista olímpico colombiano, se retrataron con su presa ¡Catástrofe mediática!
El hipopótamo abatido le dio la vuelta al mundo. Inspiró jocosas sátiras locales e instiga otro género de cacería muy en boga: la cabeza del Ministro del Medio Ambiente. De contera, a decir de algunos, la muerte de 'Pepe' tipifica el sadismo paramilitar, baldón de la patria. Otros van más allá: representa una brutal política de Estado, carente de respeto por la vida, que avergüenza por su barbarie. Eso ya es meterle política a lo truculento y lamentable, pero banal.
Don Sancho Jimeno, el pundonoroso caballero que en 1697 trató de salvar a Cartagena de la protervia pirática, no era aficionado al arte de la cinegética. Cazaba cimarrones, esclavos escapados, porque su deber era proteger la propiedad privada. Había en su época quienes preconizaran una política más benévola, llegando inclusive a tener el oído del Rey de España, pero don Sancho era hombre de capa y espada y prefería soluciones nítidas.
Por otra parte, sin ser dado a la filosofía, don Sancho hubiese considerado herético cualquier postulado que no reconociera al hombre como el centro del universo, de la creación, diría él. Eso que señalan como antropocentrismo. ¡Cómo que no! Negarlo equivalía a repudiar a Adán y Eva. Y sí, el ser humano hace parte de la naturaleza, pero con la vocación de dominarla. Y debe aprender a protegerla no porque sea un heredero más del Big Bang, igual a todo lo otro que puebla las constelaciones, sino porque le conviene. El caballo de río ha propiciado divagaciones y desafueros metafísicos.

Don Sancho Jimeno y Charles Darwin llegan por distintos caminos al mismo llanito; el uno por el de la fe y el otro por el de la observación y el raciocinio. En el año celebratorio del bicentenario del natalicio de Darwin y del tercer cincuentenario de la publicación del Origen de las Especies hay límites inteligentes para lo que se argumenta en aras de salvaguardar al planeta tierra y su contenido.

Se recordará que el sabio revolucionó para siempre como la especie humana se concibe a sí misma y al mismo tiempo la atornilló como la especie suprema: la sola capaz de autodescifrar su proveniencia.

Dejó establecido que la selección al nivel del gen es el único mecanismo de la evolución, así su decodificación primaria haya demorado todavía casi dos siglos más. Previo a arrodillarse piamente ante la paridad de los seres vivientes conviene considerar que los postulados de Darwin parten del egoísmo del gen, de su concentración exclusiva en asegurar su propia reproducción, individual y colectivamente, para la continuidad de su especie.

Una cosa es repudiar el sacrificio inútil de la vida en todas sus formas, eso no tiene discusión, y otra la de apelar a una axiología supranatural, aplicable al hombre más no a los demás entes vivos que carecen de su capacidad de introspección. Evitar la visita al matadero por el gusto, puesto que el oficio de matarife no es para todo el mundo, no conlleva despreciar a quienes se deleitan con un pollo frito o un solomillo jugoso. La muerte violenta del hipopótamo pudo haber sido una torpeza pero no tanto como para colgarle filosofía desorientadora.

rsegovia@axesat.com
 

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
13 de agosto de 2009
Autor
RODOLFO SEGOVIA Ex ministro. Historiador

Publicidad