Hace 20 años se acallaron las voces de dos de los más grandes orientadores del liberalismo colombiano. Las muertes en 1989 de Darío Echandía -a comienzos de mayo-, luego de 91 años de vida y la de Luis Carlos Galán -a mediados de agosto-, producto de la barbarie criminal del narcotráfico, dejaron una huella en el alma de un país que despidió, con vacío de orfandad, dos luchadores por la excelencia moral e intelectual de la política.
Echandía nunca fue un caudillo, pero su férrea disciplina académica y vocación de servicio, lo llevaron a ocupar las más altas distinciones del Estado colombiano e infundir en el pueblo liberal un respeto reverencial. Tal como lo resumiera en agosto de 1987, ante el pueblo ibaguereño Alfonso López Michelsen: "ninguna dignidad que brinda la democracia fue esquiva con Darío Echandía; la primera magistratura de la nación, así fuera en forma temporal, la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia y del cuerpo legislativo, le fueron otorgadas".
La vida y obra del 'maestro', como le decían por su formación casi enciclopédica, fue un símbolo de entrega republicana y desapego por el poder. Habiendo ocupado los ministerios de Educación, Gobierno, Justicia y Relaciones Exteriores, al igual que varias embajadas, y de haber trasegado peldaño por peldaño por la rama judicial y los órganos colegiados de elección popular, Echandía no dejó de ser un rebelde y de anteponer los intereses nacionales a las vanidades personales.
La defensa de las reformas progresistas de López Pumarejo en el Congreso y la lucha por la unidad nacional luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, para evitar un baño de sangre, definieron una personalidad patriótica que siempre cuestionó la búsqueda del poder como un fin en sí mismo. Frases como "el poder para qué?", "en la política se pueden meter las patas, pero no las manos", "esto no es Dinamarca, sino Cundinamarca", o su deseo de ocupar la gobernación del Tolima, después de haber pasado por la presidencia, para buscar la paz en su tierra natal, hablan de su sencillez, sentido crítico y solvencia moral.
Durante las exequias del 'maestro', justo detrás del entonces presidente Barco y al lado de Carlos Lleras Restrepo, se encontraba Luis Carlos Galán; un admirador profundo de Echandía, que a sus 46 años, convertido en el símbolo de la resistencia nacional contra el narcotráfico, la corrupción y la politiquería, iniciaba su recta final hacia la Presidencia de la República.
La lucha por la restauración moral lo había convertido en un caudillo que movilizaba masas y batallaba por evitar que los dineros de la droga carcomieran nuestra dignidad nacional y derrumbaran las instituciones. Desafortunadamente, las balas asesinas de los carteles evitaron que sus propias manos, desde la primera magistratura, le dieran forma al proyecto de país que durante años de estudio y contacto con la realidad nacional, había plasmado en discursos y documentos.
Al morir Echandía, Alberto Lleras escribió que "hasta que no aparezcan auténticos sucesores suyos no habrá paz en Colombia". Luis Carlos Galán fue uno de sus sucesores, pero el odio impidió que su obra se realizara. Ojalá los nuevos políticos construyan sobre los legados de estos dos líderes, porque en sus ideales está la clave para que en Colombia se pueda volver a 'pescar de noche'.
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