Jaime Garzón fue un tipo serio. Muy serio. Era un hombre de pensamiento sofisticado y profundo. Le gustaba discutir, argumentar, conspirar. Y hacerlo sobre los problemas fundamentales de la política, la Constitución, el conflicto, las relaciones exteriores, la corrupción. Su humor lo usaba no para hacer reír, sino para poner el dedo en la llaga de los grandes asuntos nacionales. Fue un patriota.
Era, además, talentoso. Tremendamente talentoso. Gozaba retando a quienes ejercían cargos de importancia, poniéndolos cara a cara con sus contradictores a ver cómo reaccionaban.
En la mesa de su casa sentaba al jefe guerrillero recién desmovilizado con el embajador de Estados Unidos. Al Comandante de la Policía con el Presidente de la CUT. Su juego consistía en desenmascarar el poder, ver la persona que estaba detrás del cargo, del uniforme, de la etiqueta.
Para eso usaba el humor. Para mostrar a los poderosos y famosos de cuerpo entero, de carne y hueso, no importa si se trataba de políticos, presidentes, empresarios, periodistas, comunistas, derechistas, abogados, profesores. Lo que el desenmascaró con su humor fue el mundo del poder mostrando a las personas con sus estereotipos, debilidades, pequeñeces.
Su humor fue inteligente, fino, sagaz. Muchos políticos y poderosos, quizás la mayoría, le temían. Fue el dolor de cabeza de algunos ministros y congresistas, presidentes y ex presidentes, candidatos y precandidatos, jueces y magistrados, que rezaban para que Garzón no se fijara en ellos, en su pequeño mundo que quedaba al descubierto con una frase suya. Y ello, en un país donde no pocos políticos, hombres y mujeres, desvalorizaron esta actividad para convertirla en transacción y saqueo del Estado.
Garzón llevó a la televisión, a través de sus programas y personajes, lo que nunca había existido en este medio: el humor político duro, contestatario. La capacidad de atravesar el discurso elaborado y vacío de los políticos, sus palabras y gestos aprendidos y, mediante la exageración, develar la realidad.
El recogió la tradición de nuestros caricaturistas de la prensa escrita que, para fortuna del país, siempre han existido con ese mismo talante de hombres independientes que son capaces con su trazo, de burlarse y desenmascarar las verdaderas intenciones de los que, transitoriamente, ejercen el poder o están en cargos de importancia.
Al final de su vida Garzón, a través de los personajes con los cuales hablaba a la gente, se habían convertido en un hombre muy popular. Popular y querido por los ciudadanos de a pie. Su entierro fue una expresión de rabia y tristeza colectiva como pocas veces se ha visto en Colombia.
Para hacer lo que hacía Garzón se necesita una enrome dosis de valor personal. La gente se daba cuenta de eso, y por ello lo querían tanto: por su independencia y tenacidad. Se me hace agua la boca de sólo pensar los personajes y programas que hoy, quizás, estuviera haciendo Garzón.
Lo otro importante de este joven atrevido, que sorprendió a un país entero con su creatividad, es que nunca se creyó el cuento de su fama. Nunca dejó de vivir donde vivió siempre. No compró carro elegante ni cambió su ropero. No cambió de amigos ni de posición política. Era una persona sencilla. Excéntrico, pero sencillo. Sin Garzón en escena, la política colombiana es aburrida. Y repetitiva.
santamaria@gravitascomunicaciones.com
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