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Domingo 27 de Mayo de 2012

Entre perros y gatos

Pónganle la firma: tras la aprobación de la conciliación del referendo en la Cámara de Representantes, el debate nacional ha entrado en un denso nubarrón en el que quedará atascado un buen rato. Durante los próximos meses se acentuará la polarización de los observadores y los argumentos serán remplazados por consignas principistas. Mientras tanto, desaparecerán la discusión y el análisis, y su lugar será ocupado por adjetivos peyorativos de parte y parte.

Cualquier momento es malo para que una sociedad pierda su capacidad de discernimiento, pero éste es fatal para que se empantane el debate económico en Colombia. La razón es simple: en los últimos días han aparecido pruebas elocuentes de que el modelo de crecimiento económico está haciendo agua y que necesita ajustes con urgencia.

Para hacer los cambios como corresponde se requiere un debate civilizado que lleve a adoptar las medidas adecuadas. De lo contrario se profundizará un esquema de crecimiento que no es sostenible y que no beneficia a la mayor parte de los colombianos.

Los hechos son tan evidentes como las paradojas que encierran. En los años pasados la economía colombiana alcanzó su mayor ritmo de crecimiento de las últimas tres décadas, y a pesar de ello aumentó la indigencia en el país.

En el pasado reciente Colombia fue uno de los países más dinámicos en América Latina, y sin embargo, ostenta uno de los mayores niveles de desempleo de la región.

Nuestro crecimiento acumulado en el último quinquenio supera al de la mayoría de las economías latinoamericanas, pero nuestros avances en la lucha contra la pobreza palidecen comparados con los de los países vecinos. Si así nos fue cuando toda una generación de colombianos vivió el mejor momento económico de su vida, ¿cómo nos irá en medio del mediocre desempeño que se avecina?

Las causas de esta situación se han enunciado una y otra vez. La combinación de políticas vigentes en el país redunda en una discriminación contra el empleo. Con los incentivos al capital y los sobrecostos del trabajo (parafiscales y seguridad social), es mucho más atractivo para los empresarios comprar una máquina que emplear una centena de personas.

Las políticas asistencialistas del Gobierno no ayudan a mejorar la situación. Gracias a los crecientes subsidios, una gran parte de la población tiene incentivos para permanecer en la pobreza y la marginalidad, en lugar de incorporarse a la formalidad y a la actividad productiva.

Como si eso no fuera poco, a lo lejos acecha la amenaza de la enfermedad holandesa, sin que la política fiscal se haya ajustado para evitar que el desarrollo minero genere una excesiva revaluación que atente contra el resto de los sectores transables.

Un país puede tomar las riendas de su destino o dejar que la inercia se haga cargo de ellas. En los últimos años Colombia ha tenido avances fundamentales en la recuperación del control del territorio, el retorno de la seguridad, la renovación de buena parte de su capacidad productiva, la restauración de la confianza, el dinamismo de la inversión extranjera y el hallazgo de las riquezas del subsuelo.

Ahora tenemos que ajustar el modelo de crecimiento para que todo eso sea sostenible y beneficie a la mayoría de los colombianos. Vamos a ver si las peleas entre perros y gatos lo permiten.

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
3 de septiembre de 2009
Autor
MAURICIO REINA Investigador Asociado de Fedesarrollo

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