Es casi un absurdo tener que referirse a la urgencia de una reforma del sistema monetario internacional, cuando la crisis desatada en 1971 obligó a introducir una serie de modificaciones al Convenio constitutivo del Fondo Monetario internacional. Treinta y ocho años han transcurrido desde ese entonces y en cambio de mejorar, el sistema se ha deteriorado, debiéndose hablar de ajustes, pero con la condición de que durante el prolongado lapso se tornaron más graves los defectos. La historia, aparte de lamentable, es toda una lección para quienes todavía creen en la cooperación internacional y en la solidaridad entre las naciones.
Como los mecanismos institucionales existentes en esa época no facilitaban el estudio de una reforma monetaria en el que participaran no sólo los países desarrollados, sino también el resto de los miembros del FMI. El Directorio Ejecutivo del organismo optó por crear un comité de 20 gobernadores que representarían a diversas naciones o áreas geográficas del mundo y, por supuesto, se encargaría del estudio de la reforma. El Comité en cuestión se estableció con el nombre de Comité de los 20 y trabajó durante los años 1972 y 1973, preparando las bases de lo que podría ser la reforma.
En términos generales, las modificaciones al Convenio Constitutivo del FMI se refirieron a cinco aspectos básicos del sistema monetario vigente en esos tiempos: la función del oro, el sistema cambiario, los derechos especiales de giro, las operaciones y transacciones del Fondo y su estructura institucional.
Las nuevas normas significaban la abolición del precio oficial del oro, con lo cual dejaba de ser el centro del sistema monetario; la facultad que se daba a cada país de usar el sistema cambiario que fuera de su preferencia: flotación, ajustes graduales y frecuentes, flotación conjunta con otras monedas, tipo de cambio fijo respecto de la moneda de intervención o de los derechos especiales de giro o de un conjunto de varias monedas u otros que pudieran adoptar los bancos centrales. Los derechos especiales de giro (DEG), se convertirían en el principal activo de reserva del sistema monetario, logrando de esta forma un control adecuado de la expansión de la liquidez. Además, procuraba asegurar simetría en los incentivos de ajuste para los países deficitarios y superavitarios. Vana ilusión la de los reformadores. La realidad fue que los países europeos mantenían superávit en sus pagos, gracias a sostenidos déficit de Estados Unidos, financiados con el crecimiento de los pasivos externos.
Con excepción de la reducción del papel del oro, que con la suspensión de la convertibilidad del dólar en agosto de 1971 quedó sin piso, ninguno de los demás objetivos se lograron -ni se lograrán-. Antes por el contrario, las dificultades se han vuelto más críticas. Por ejemplo, la flotación de las monedas y el incremento de la importancia de algunas de ellas en el comercio internacional -léase dólar americano- se han convertido en el azote del sistema, pues la creciente influencia de las transacciones privadas en los mercados monetarios hacen prácticamente imposible el adecuado control de la liquidez -necesario para garantizar un desarrollo sostenido en el comercio. Dicho de manera más clara: mientras la provisión de liquidez dependa de los avatares de la política económica de Estados Unidos y de la voracidad de sus banqueros, el mundo estará siempre en vilo y caminando por el filo de la navaja.
rosgo12@hotmail.com
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