Algunos síntomas de la crisis económica han cedido un poco, lo cual deja a la administración Obama enfrentada a otros retos. En el campo interno, la reforma de la seguridad social. Viejo problema del cual todos en el pasado han sido conscientes, pero se han limitado ha girar sobre los futuros ingresos fiscales, solucionando el momento y acumulando la carga.
El tiempo inexorablemente se está agotando y los baby boomers ya están aquí, con el agravante de que los enormes recursos fiscales que han tenido que comprometer por la crisis financiera, ya hipotecan el futuro de la economía americana por varios lustros.
El debate entre demócratas y republicanos es conocido. La eficiencia en el gasto e inversión en salud y su cobertura son los ejes donde el Estado o el sector privado deben desempeñar el rol central, según las tesis de cada partido. Lo propuesto por Obama en su campaña, acompañado por la extrema demócrata y los políticos tradicionales, que ven una mayor disponibilidad de dinero para gastar y salir en la fotografía de lo que entienden como un cambio histórico para la sociedad norteamericana, está perdiendo terreno frente a la realidad de las finanzas públicas y a la racionalidad de las tesis contrarias.
Muchos demócratas de los que llaman moderados, o más bien sensatos, ya se han apartado de la fórmula extrema inicial, y todo parece conducir a algo mucho más aterrizado. Si a esto sumamos el incremento de la participación en la guerra en Afganistán y el demorado desmonte de la fuerza en Irak, el crecimiento del desempleo, entre otros, muchos de los que votaron por Obama están seriamente decepcionados. Por su parte, los que votaron en contra se reagrupan rápidamente después de la catástrofe electoral. Por ello, su nivel de aceptación ya va en menos del 50 por ciento. Hasta los cubanos, Chávez y todo ese bajo mundo político internacional, le están echando en cara el incumplimiento de sus promesas y expectativas.
Lo extremadamente grave es que ante la pérdida de credibilidad y de respuestas, se está empezando, en forma totalmente irresponsable, a usar el argumento del complot racista, el cual puede producir consecuencias incalculables, sin precedente alguno, que puede polarizar y dividir profundamente a la sociedad americana. Qué más quisieran los que utilizan la lucha de clases: una la ruptura racial entre el presidente, gobierno y la mayoría de la nación. Profundizar esa estrategia podría llevarlos a la catástrofe.
En el campo internacional, se estrena la política de la cooperación apasiguadora, en lugar del enfrentamiento. Las apuestas son altas y se corren varios riesgos. El primero, creer que los Estados no tienen intereses, que no son negociables, y que una distensión de buena fe en lugar de mejorar el balance, lo que hace es potenciar las tensiones solamente postergándolas o enmascarándolas. El segundo, pensar que con Irán, Corea del Norte, Libia, Venezuela, Cuba, etc., la cooperación la entienden como el promotor la busca y percibe.
Ya se dio el primer paso con la eliminación del escudo balístico en Europa, y los que desean ver y presentar buenos resultados están anunciando, llenos de júbilo, el cambio relativo de actitud de Rusia y China frente a Irán. Negocio desequilibrado, pero al final creer que con sanciones, que ya es claro que no van a ir más allá de las tres resoluciones de la ONU- se soluciona el problema, es como pensar que arrojando miles de millones más de dólares, la seguridad social se arregla.
Irán no es Cuba. Aislarlo y sancionarlo no es igual de factible. Tampoco sirvió para nada en el caso de la isla. Fortaleció más a Castro. Irán está a punto de tener su bomba, si es que ya no la tiene, a pesar del cúmulo de amenazas y sanciones. El siguiente paso será negociar que no se produzca más o que no la use, y por lo tanto, como herramienta de negociación adquiere mucho más valor. Luego Irán tiene que llegar ahí, como lo hizo Corea. Hay que esperar si los israelíes se lo permiten.
albertosch@cable.net.co
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