Según el Drae (Diccionario de la Real Academia Española), entiéndase por burbuja la presencia de un globo de aire que se forma al interior de algún cuerpo o líquido y que tarde o temprano sale a la superficie.
La teoría económica es muy dada a tomar en préstamo figuras o situaciones de otras áreas, como la física o la química, para explicar e interpretar fenómenos de su ámbito exclusivo.
Tal es el caso del término 'inflación' que en su acepción original significa acción de inyectarle aire a un cuerpo con el fin de aumentar ficticiamente su tamaño.
En el caso de las burbujas, no cabe duda que su presencia en ciertas actividades o sectores de la economía como la finca raíz o la especulación financiera, es innegable o incluso inevitable y hasta cierto punto propiciada.
Ya parece haber consenso entre tirios y troyanos de que la crisis económica mundial tocó fondo y que lo que viene de aquí para adelante es una fase de recuperación, sobre cuya duración, sin embargo, no hay el mismo nivel de consenso.
También es comúnmente aceptado que la crisis fue de origen financiero precisamente por el surgimiento y posterior explosión de varias burbujas que en un principio crearon una gran euforia, pero que luego dejaron a más de uno tendido en el campo.
La pregunta que uno se hace -una vez vivida y conocida toda esta coyuntura- es si ¿las burbujas son inevitables y -más que eso- si son necesarias para generar, mientras llegan a su nivel de explosión, tasas de crecimiento aceleradas que sin su ocurrencia no sería posible ni siquiera vislumbrar?
Recordemos que el mundo de los negocios se mueve por expectativas no siempre racionales y mientras esas expectativas sean positivas, habrá decisiones de inversión, nuevos planes de negocios, generación masiva de empleo, ampliación de la demanda agregada y por consiguiente crecimiento económico sostenido.
De no ocurrir esas burbujas en alguna de sus etapas, el ciclo económico tendería a ser mucho más suave tanto en su fase ascendente como en la descendente, pero muy posiblemente a la postre aterrizaríamos en el mismo llanito.
Miremos lo ocurrido con la economía colombiana durante la primera década del siglo XXI, tomando como cierta la previsión de un crecimiento nulo para el 2009 y del 2 por ciento para el 2010.
En este lapso el crecimiento acumulado llegará al 34 por ciento para un promedio anual no muy satisfactorio del 3,4 por ciento.
Este resultado por quinquenios se descompone en un promedio del 3,1 por ciento para el período 2001-2005 y en un promedio del 3,8 por ciento para el período 2006-2010.
La diferencia se explica por los muy buenos resultados de los años 2006 y 2007, motivados en muy buena medida por el ambiente de euforia vivido a nivel mundial en función de las burbujas financiera y de finca raíz.
Al final de la década tendremos el mismo crecimiento acumulado que se hubiese logrado con una tasa promedio más reducida, sin los modestos niveles de los primeros años, pero también sin los picos del 2006 y 2007 ni el bajonazo de 2008 y 2009.
Para llegar a lo mismo, qué será preferible: ¿un crecimiento moderado y estable o un crecimiento con fuertes alzas en algunos años, pero también con pronunciadas caídas en otros períodos?
En el fondo esta discusión tiene también implicaciones políticas, pues siempre habrá algunos minhaciendas (modelo Carrasquilla) a los que les toquen los gozosos, en tanto que otros serán afectados y golpeados por el síndrome 'Zuluaga'.
Publicidad