Las bravuconadas del vecino venezolano finalmente dejaron de serlo. De manera agresiva, viene adoptando acciones orientadas a eliminar el comercio entre los dos países. Es la actitud de 'matón de barrio' que agrede a quien puede usar como ejemplo de lo que es capaz para fortalecer así su capacidad de intimidar, aunque no esté midiendo las consecuencias de sus actos. Claro que estas medidas afectan a un sinnúmero de empresarios que habían estructurado su estrategia de crecimiento alrededor de una presencia más o menos importante en Venezuela. Sin duda, serán muchos los colombianos afectados por estas arbitrariedades que desconocen las reglas de juego que habían permitido construir un importante mercado para los dos países. No obstante, si se mira en forma más agregada el problema es claro que esto no va a poner en peligro a la economía colombiana, ni va a llevar a ningún sector al colapso, aunque algunas empresas salgan lesionadas. Los impactos no serán tan dramáticos como Chávez quisiera. Por el contrario, ¿cuáles son las opciones para muchos venezolanos que han dependido de los proveedores colombianos por años y que ahora se ven enfrentados a empezar de cero con vendedores que, con seguridad , miran con desconfianza la confiabilidad de clientes venezolanos nuevos ante los comportamientos erráticos de ese Gobierno? Los alimentos, por ejemplo, han representado un porcentaje importante de las ventas colombianas. Prohibidas esas importaciones, ¿será que van a ser sustituidas en su totalidad por otros orígenes, o no será que se reactivan los tradicionales canales del contrabando que por años y años han operado entre los dos países? Y esas compras se harán al dólar negro y no al dólar preferencial que venían usando, ¿quién se afecta más, entonces? ¿Será que para un país con los serios desequilibrios macroeconómicos de Venezuela, con expectativas de inflación que pueden acercarse al 50 por ciento para el año entrante, tendrá sentido cerrar los canales con su proveedor natural? Los precios del petróleo pueden ayudarlos, pero ¿será deseable para ellos perder no sólo la disponibilidad, sino la confiabilidad de los proveedores colombianos? En fin, son muchas las preguntas y pocas las respuestas. Lo cierto es que es difícil pensar que los únicos afectados de estas absurdas medidas sean los colombianos. Por nuestra parte, hay que aceptar esto con realismo y no hacerse ilusiones de que las cosas se van a normalizar en un futuro cercano. Por el contrario, lo que es previsible es más agresividad, más abusos y más intimidación. A quienes tenían al mercado venezolano como un destino importante, no les queda más remedio que reorientar su estrategia. No será fácil y se habrán perdido tiempo y esfuerzos, pero puede ser esta una oportunidad para romper paradigmas y enfrentarse al reto de llegar a nuevos mercados. Las opciones no son evidentes, pero al menos Centroamérica y, sobre todo, Brasil ofrecen interesantes posibilidades. Esto exige un esfuerzo, una curva de aprendizaje y, seguramente, fracasos en el proceso, pero esta coyuntura se puede convertir en un gran dinamizador para aquellos que, en lugar de lamentarse, estén dispuestos a asumir el reto.
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