Para el estudioso de la lengua castellana, 'consistente' significa sólido, robusto, firme, compacto, pero no (como en inglés) coherente, congruente, consecuente, acorde, conforme - e 'inconsistente', por el contrario, frágil, débil, deleznable. Por ello, hablamos de la consistencia del suelo o inconsistencia (debilidad) de una propuesta. Esta poco o nada tiene que ver con su coherencia lógica o incompatibilidad presunta con un estándar, requisito, compromiso o acuerdo. Ello no impide a los ministerios de comercio de América, del Ustr para el sur, emplear ambos términos en su sentido anglicizado, en español o portugués. Los servicios de traducción de la Comisión Europea-CE y del Consejo de la UE, en cambio, traducen castizamente las palabras inglesas consistent e inconsistent: salvo excepción, acuden a 'coherente' o 'acorde' e 'incoherente' o 'disconforme'.
El mismo estudioso entenderá el vocablo anglosajón 'disposal', aplicado a desechos, como su 'eliminación' o 'tratamiento'. Así lo entienden los textos europeos, mas no los ministerios de Salud del hemisferio, aferrados a la 'disposición' de la basura, como si bastara disponerla de cierta manera para resolver el correspondiente problema sanitario). La terminología oficial europea tampoco admite 'contrario a' en vez de 'contrariamente a' (inglés: contrary to), o que una norma 'aplica' en lugar de 'se aplica' (inglés: applies), como lo dice buena parte de nuestra clase dirigente y lo escriben casi todos nuestros medios. ¿Por qué será que ellos sí pueden mantener una identidad lingüística y nosotros no?
Se alega la cercanía a Estados Unidos y susceptibilidad de América Latina a su influencia. Sin embargo, y excepto por Puerto Rico, posesión estadounidense, no siempre hablamos tanto más spanglish cuanto más cerca de Estados Unidos estamos. México mantiene estándares castizos, así el común de los mexicanos 'rente' su apartamento en vez de 'arrendarlo'. Contrario sensu, el 'ascensor' de Colombia y España se denomina 'elevador' en Ecuador (inglés americano: elevator), pese a su mayor distancia de Estados Unidos y la expresión cuidadosa de los ecuatorianos.
Acaso influye más el ir y venir continuo de profesionales, estudiantes y trabajadores latinoamericanos entre Estados Unidos y su país de origen. Traen a Latinoamérica la transición lingüística que allá los caracteriza y terminan 'pegándosela', con el acompañamiento activo de los medios de comunicación.
¿Por qué no ocurre esto en las instituciones europeas? ¿No encaran también la influencia global de Estados Unidos? Lo evitan por su memoria institucional (uso sistemático del 'acervo comunitario' lingüístico, para coherencia terminológica) y sus servicios de traducción, a cargo de 'traductores juristas'. No consideran admisibles contrasentidos jurídicos, como tomar un millón de millones o 'billón' por mil millones, a la usanza angosajona, o atribuir a un suceso 'eventual' y asimismo incierto la segura ocurrencia asociada en inglés con 'eventual': sólo indica indeterminación en el tiempo. En el 2007, estos servicios costaban 830 millones de (12, 2 por ciento del presupuesto administrativo de la UE) y, en la CE, empleaban 2.300 personas, incluidos 503 traductores de tiempo completo y 126 de apoyo. Imbatible.
Total: al 'tirar la toalla' los gobiernos y medios de una América Latina que le ha dado al mundo Paz, Asturias, García Márquez, Vargas Llosa, Neruda, Borges y Amado, la defensa de nuestra identidad lingüística ahora queda, cada vez más, en manos europeas.
tomasuribemosquera@gmail.com
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