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Domingo 27 de Mayo de 2012

Tumbar muros

Dice la canción que veinte años no son nada. En 1989, cuando todavía creía en casi todo, estaba en Berlín el día que cayó el Muro. En medio de la euforia contribuí con el alquiler de un cincel y un martillo a tumbarlo. Aún conservo el pedazo de muro como una reliquia, de lo que muchos consideraban, el hecho histórico más importante del siglo pasado.

Era un muro de aproximadamente 160 kilómetros que dividía una misma nación. Para los comunistas era el 'Muro de protección antifascista' y para el denominado 'Mundo libre', el de la 'vergüenza'. Muchos murieron tratando de salir del encierro. A los que pasábamos de Berlín occidental a oriental, nos asaltaba una sensación de impotencia, desconcierto y rechazo a lo que significaba tamaña infamia.

Poco nos duró la euforia. Algunos vaticinaron que a lo que habíamos asistido era al 'fin de la historia' y al triunfo definitivo del capitalismo y el mercado. Efectivamente pasamos a un mundo unipolar, al capitalismo salvaje, a la intolerancia de la aparente defensa del mercado, la cual se convirtió en la defensa de la marginalización, de la inversión, de los poderosos y, al mismo tiempo, al debilitamiento real de los movimientos sociales, la imposición (qué paradoja) del denominado 'Consenso de Washington' a los países latinoamericanos. Sólo se salvaron de sus funestas consecuencias los países del Asia y Brasil, en Latinoamérica, que no aplicaron o aplicaron parcialmente sus recetas.

Fueron veinte años del paraíso del capitalismo financiero, de los 'gurús', en forma de yuppies, de pensamiento único en la economía, de degradación de lo social. Se centralizó y concentró el capital como nunca antes, aumentó la divergencia entre los países y las regiones más ricas y las más pobres. Más ricos realmente ricos y más pobreza e indigencia.

Del sueño del consumismo se pasó el año pasado nuevamente al desconcierto. Vino la crisis mundial y en la actualidad se vuelve a plantear la necesidad de buscar nuevos equilibrios, multipolares, multilaterales, en lo económico, en lo social, en lo político. No fue el fin de la historia.

En el entretanto se han construido nuevos muros de la infamia: los de evitar las invasiones de los bárbaros migrantes como el erigido en la frontera común entre México y Estados Unidos. Cientos de kilómetros y más de 3.000 mexicanos muertos cuando trataban de llegar a la tierra prometida. O el muro de Ceuta y Melilla, complemento del estrecho de Gibraltar, con murallas de alambre de púa y que ha sido el cementerio de multitud de africanos.

O el muro del terror contra el terror levantado por Israel, para confinar a los palestinos a un 'gueto', de más de 700 kilómetros. O los muros para separar ricos de miserables como el que existe en Río de Janeiro para aislar a las favelas o la denominada zona de exclusión entre las dos Coreas.

O, los muros virtuales, para no permitir a los países pobres el acceso al desarrollo, promoviendo los monopolios de las multinacionales farmacéuticas o agroquímicas, el cierre de las fronteras a los migrantes, la xenofobia, las rejas en las universidades o los bloqueos comerciales.

Veinte años después habrá que comprar otro cincel y otro martillo para contribuir a destruir los nuevos muros de la infamia.

dgumanam@unal.edu.co

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
11 de noviembre de 2009
Autor
DARÍO GERMÁN UMAÑA M. Profesor universitario

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