El entusiasmo con que se recibe el deterioro de las relaciones con Venezuela es exótico. Un millón de colombianos derivan sus ingresos de las relaciones con ese país y 3.000 empresas -el 80% pymes- exportan US$6.000 millones al año. El 30% salen de Bogotá-Cundinamarca; Antioquia aporta el 50% de los productos que van a Venezuela; en Caldas, las pymes le exportan el 73% de sus productos. Sin hablar de los Santanderes, Cesar y La Guajira.
Las 55 agencias de aduana que registraban entre 800 operaciones diarias, hoy marcan 20: las exportaciones cayeron 88%. En los países avanzados, las relaciones comerciales se protegen y alejan de las interferencias políticas, pero es necesaria la voz empresarial para establecer esta nueva frontera.
Algunos líderes privados, distantes de la economía y el proceso venezolano, creyeron que como Colombia le aporta alimentos y bienes en condiciones óptimas a Venezuela, el país era insustituible. Brasil, Argentina, e inclusive China, empiezan a llenar el vacío que dejan los colombianos. Venezuela es un importador nato, que administra con criterios sociales los US$100.000 millones anuales de sus ingresos petroleros y poco le preocupan los mayores costos que genere la crisis.
Cuando los empresarios nacionales acuden al Gobierno, Uribe con franqueza los invita a buscar otros mercados. La Cancillería -precaria en experiencia, equipo y recursos-, en vez de proteger los intereses colombianos en el exterior, construyendo el camino para que la crisis no haga estragos económicos, se esfuerza con el Ministro de Defensa en convertir la política de seguridad interna en la agenda de la política exterior. Es un tema que rinde puntos de opinión, pero que resta en el PIB.
La mayoría de empresarios están desconcertados. Crecían en un mercado donde tienen enormes ventajas y pasaron a contabilizar pérdidas, a padecer la congelación de giros del Cadivi y a aumentar sus inventarios. La mayoría se concentra en asimilar el golpe con cierres de líneas y despidos, ajustes en sus presupuestos, o implorando para que les autoricen las divisas.
Otros empresarios empiezan a descubrir que existen mecanismos para sustraer sus operaciones de la dinámica política, como lo hacen países más capitalistas, entre ellos Estados Unidos y Brasil, y las empresas globales que hace décadas aprendieron a operan en contextos adversos al capitalismo. Por supuesto, tienen que adaptarse, discutir y negociar reglas de juego, pero tienen claro que bajo el socialismo el consumo no desaparece, sólo se transforma. Entendieron que socialización y masificación son primos hermanos.
Un sector privado que busca internacionalizarse necesita pensar en los contextos sociales y políticos de sus mercados. No puede dejarles la tarea a los gobiernos, porque interpretan cambios como los de Venezuela, Ecuador y Bolivia, o los moderados de Brasil, Argentina y Chile con la lupa política. Para desarrollar y proteger mercados, los expertos son los empresarios y es una tarea tan seria que nadie se la delega del todo a los políticos.
Los empresarios buscan soluciones, oportunidades, entendimientos, reglas claras y seguridad jurídica. Son flexibles, hacen concesiones. Los políticos recurren a simplificaciones y cuando el camino es culebrero acusan, atacan y señalan. El mundo ideal de un político es vivir rodeado de peligros y amenazas, que sólo ellos puedan contener. Por eso se inventan las armas de destrucción masiva para invadir a Irak, mientras Al'Qaeda sigue operando.
Las relaciones con Venezuela empezaron a mejorar con Chávez, que lanzó un plan que incluía importantes inversiones y promesas que el Gobierno Uribe acogió. Antes, viajar a Venezuela implicaba enormes colas y varios días para obtener visa. Miles de migrantes tuvieron que soportar durante décadas el estatus de indocumentados. La disputa por Los Monjes movilizó fragatas, hizo construir comandos subterráneos en el país y renovó los inventarios militares con Mirages acá y F-16 allá. El profundo sentimiento anticolombianista que exhibían los dirigentes políticos prechavistas se diluyó con Chávez, hasta ahora.
Por supuesto, es incómodo para un sector, que se consolide en Venezuela un modelo socialista y antineoliberal, que llegó al poder por la vía de la democracia electoral, sin lucha armada y sin golpe de Estado. Lo que deben aprender es que fue la rampante corrupción y la crónica ineficacia de los dirigentes venezolanos prechavistas lo que provocó el triunfo de la oposición.
La idea de que son los gobiernos vecinos los responsables del narcotráfico y la guerrilla en Colombia y que por esta razón el Gobierno debe aislarlos, parece errónea. La guerrilla, el narcotráfico y los paramilitares nacieron, crecieron y se desarrollaron en el país, ante de los actuales gobiernos, y más por la sumatoria de la incompetencia en los dirigentes nacionales y del radicalismo de los violentos, que por injerencias extranjeras.
Los países de América Latina resolvieron el problema de la insurgencia hace rato, con sangrientas dictaduras y con aperturas democráticas. Colombia es el único país rezagado. Ni las negociaciones ni la seguridad uribista han extinguido el problema, a pesar de los enormes avances en este gobierno. Los vecinos son los que deben protegerse de la amenaza colombiana, de las acciones de los guerrilleros, del uso de sus territorios para traficar y del surgimiento de bandas 'posparas' en las fronteras. Por esto, Estados Unidos y decenas de países exigen ofensivas visas e imponen costosas y deshonrosas condiciones aduaneras para llegar a sus puertos. No son actos inamistosos de países enemigos, sino el peso de la dramática historia del país.
La distorsión en la mirada hacia Venezuela se debe, en parte, a la dificultad para entender que la democracia latinoamericana se amplió para darles cabida a las corrientes sociales: Lula, Bachelet, Correa, Chávez, Ortega, Morales ganan elecciones y gobiernan con los conflictos propios de estos ajustes. A muchos no les gusta, pero se escogieron con las reglas del sistema democrático. Y como son de izquierda, es lógico que su mirada del conflicto colombiano sea diferente, pero no cómplice, como los sectarios argumentan.
Exportar la lucha interna contra las guerrillas, en vez de bienes y servicios, es descartar las oportunidades que ofrecen los mercados fronterizos. Si se busca un TLC con Estados Unidos, lo coherente es buscar un acuerdo con los vecinos que también permita seguir creciendo hacia el sur. Países más pragmáticos, y con cancillerías maduras como la de Brasil, no dudan en tomar el puesto de Colombia, mientras acá se siente el impacto en desempleo y sobreofertas.
Estados Unidos tampoco ha tomado represalias (excepto en ventas militares) contra Venezuela a pesar de sus enormes diferencias. Citgo, la empresa venezolana con refinerías en Texas, Luisina e Illinois, y con 14.000 estaciones de gasolina en Estados Unidos, no ha sufrido ninguna restricción. Ni tampoco las ventas de petróleo ni las compras de Estados Unidos. Así funciona el mundo, y por eso muchas empresas globales permanecen en Venezuela y conviven con las nuevas reglas.
Es posible que terceros decidan intervenir para apaciguar los fogosos ánimos de los dos gobernantes y ayuden a recuperar la confianza perdida. A Colombia, lo que le conviene es que la diplomacia política se aleje de las relaciones comerciales, que las apoye y brinde el marco, pero que el liderazgo lo asuma el sector privado, hoy ausente en este ejercicio, confundido como está entre los dos gobiernos que lo aprisionan con sus acciones y medidas.
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