La noticia según la cual la economía venezolana se habría contraído por segundo trimestre consecutivo entre julio y septiembre, no sólo confirmaría que el país vecino se encuentra técnicamente en recesión, sino que los problemas al otro lado de la frontera van mucho más allá de la tensión entre Bogotá y Caracas. Y es que desde hace meses diversos analistas han sostenido que los exportadores colombianos acabarán recibiendo el coletazo de una crisis que ya se insinúa y que tiene fundamentos no sólo en los diferendos diplomáticos. Esta tiene que ver con la postración de la demanda interna, debido a las políticas ensayadas por la Revolución Bolivariana y a los precios internacionales del petróleo, cuyo repunte no alcanzaría a compensar los excesos de un gobierno que ha sabido gastar a manos llenas.
Desde ese punto de vista, si Hugo Chávez no sólo enterrara el hacha de guerra, sino que normalizara el tránsito de bienes y levantara las restricciones impuestas a los productos de origen colombiano, el escenario sería el de un mercado en declive. Para la muestra, está lo dicho por el ministro de Economía de Venezuela, Alí Rodríguez, quien ayer sostuvo que estudia "cautamente" una devaluación de la moneda nacional. Claro que algo ha sucedido ya en términos efectivos, pues cada vez son menos los pagos de importaciones autorizados al cambio oficial de 2,15 bolívares por dólar. Pero lo cierto es que ese nivel está lejano de la cotización paralela que está en 5,38 bolívares, lo cual implica que un correctivo es necesario.
El problema, como lo reconoció el propio Rodríguez, es que la inflación venezolana -del 28,9 por ciento anual al cierre de octubre- es ya la más alta de América Latina y una variación en el tipo de cambio tendría un efecto inmediato en los precios. Esa no necesariamente es una decisión aconsejable, justo cuando la población se queja por los fuertes racionamientos de agua y energía causados por la sequía y el mal manejo de los monopolios estatales.
Pero más allá de cómo se solucione esa encrucijada, el ajuste vendrá tarde o temprano. Una de las razones es la caída en las exportaciones de bienes que pasaron de 52.651 millones de dólares en el primer semestre del 2008 a 24.422 millones entre enero y junio del presente año, según el Banco Central de Venezuela. Debido a ello, de un saldo a favor en la balanza comercial de 25.067 millones de dólares, se pasó a un déficit de 2.027 millones en el mismo lapso. Aunque en la segunda mitad del 2009 el panorama mejorará ante lo sucedido con los precios internacionales del crudo, el regreso a las épocas de bonanza se encuentra lejano.
A lo anterior hay que agregarle otros elementos. Además del desánimo del sector productivo ante un clima laboral complejo en el que no pocos propietarios han sido sacados de sus fábricas o de sus tierras, está también el descenso en el bombeo de petróleo, ya que Pdvsa sigue con problemas técnicos y está dedicada a decenas de negocios que nada tienen que ver con lo energético. Como si eso fuera poco, el Gobierno tiene ahora la posibilidad casi ilimitada de emitir dinero, lo cual puede servir para disimular el problema de cómo financiar el déficit fiscal incurrido, pero alimenta el desbarajuste a través de una mayor inflación.
En consecuencia, quienes saben de estos temas insisten en que el apretón que sufren hoy en día los exportadores colombianos por cuenta de las rabietas de Hugo Chávez, acabará teniendo causas económicas y no políticas. Cuantificar el impacto de una menor actividad comercial es difícil, pero un trabajo reciente del Banco de la República sostiene que el crecimiento del PIB de Colombia se reduciría en un punto porcentual, el consumo en medio punto y las exportaciones en 3 por ciento, en términos reales. Los sectores más perjudicados, a su vez, serían el ganadero, seguido por los de vehículos, carne procesada, lácteos y cereales.
Tales cálculos dependen, por supuesto, de la capacidad del país a la hora de encontrar mercados alternativos y de la dinámica de la demanda interna. Pero así sirva como consuelo de tontos, todas las señales disponibles sugieren que el auge que ocasionó el consumo de los venezolanos era insostenible y que, por una razón u otra, tenía los días contados.
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