Cuando ya todos lo daban por muerto, ahogado en las babas un anacrónico sexismo y una patética intrascendencia, el Reinado Nacional de la Belleza se ha vuelto a poner bueno. Por si alguien no lo sabe a estas alturas, informo que la novedad ha corrido por cuenta de Diana Salgado, la candidata del Valle del Cauca que dejó de serlo por presiones del Comité de Belleza de su departamento y después recuperó su condición gracias a una tutela.
Un episodio tan frívolo como este no debería merecer atención, si no fuera porque revela el vergonzoso atraso de la idiosincrasia colombiana. La candidata del Valle dice que fue obligada a renunciar porque tenía la cadera demasiado voluminosa (102 centímetros ha sido la medida más mentada) y porque los gimnasios no bastaron para reducirla. El desconcierto inicial la llevó a renunciar, pero después recapacitó e inició una épica lucha para recuperar lo que era de ella.
El episodio de Diana Salgado ha dado lugar a dos clases de reacciones. Unos dicen que, además de ser caderona, la Señorita Valle es una cansona por tratar de entrar donde no cabe, y que debería dejar su lugar a alguna de las famélicas maniquíes que andan por ahí con un par de bolas de tenis en el pecho y una prótesis nacarada en la boca. Otros piensan que la candidata es un ejemplo de dignidad para las mujeres colombianas, por tratar de hacer valer sus derechos y sacar adelante una belleza auténtica.
Pues yo no estoy de acuerdo con los de las bolas de tenis ni con los de la dignidad recuperada. Mi discrepancia con los primeros es evidente. Los que en pleno siglo XXI sigan pensando que la belleza femenina exige tener unas medidas de 90-60-90, y que si no se tienen hay que mandarlas a hacer, ignoran dos cosas fundamentales. La primera es que pedirle que tenga una cadera de 90 centímetros a una mujer de casi 1,80 metros de estatura, como Diana Salgado, es desconocer que la anatomía humana tiene proporciones. La segunda es que la belleza de una mujer bonita reside mucho más en lo que la diferencia de otras y no en lo que la iguala a unos modelos hechos a punta de martillo y cincel.
Pero tampoco creo que Diana Salgado sea adalid de la dignidad femenina. La verdadera dignidad habría consistido en no haber pensado nunca en participar en un reinado de belleza que expone a las mujeres como si fueran especímenes de una feria ganadera. La verdadera dignidad habría consistido en haber renunciado y no haber querido volver a un evento que somete a las candidatas a infames procedimientos de bieflaroplastia, mamoplastia, dermoabrasión y termolipólisis. La verdadera dignidad habría consistido en no haber pasado nunca por un quirófano para acomodarse a los parámetros del concurso, como ha declarado públicamente que lo hizo con una reducción de busto. ¿De modo que defiende lo que la naturaleza le dio por detrás pero no por delante?
Diana Salgado aún tiene una oportunidad de convertirse en la heroína que algunos quieren ver en ella, si llegara a salir elegida Señorita Colombia y rompiera con displicencia la corona en mil pedazos, firmando así el acta de defunción de un evento infame. ¿Me despiertan por favor si eso llega a pasar?
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